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Lidiando con las expectativas

Lidiando con las expectativas

En la entrada anterior, mencioné el tema de las expectativas.  Cada vez que nos proponemos algo, es inevitable esperar determinados resultados y satisfacciones.  Cuanto más detalladas, fuertes y definitivas (del tipo “si no pasa esto, es el fin”), más decepción y sufrimiento encontramos. Muchas veces, esto sucede porque nos concentramos más en las perspectivas que en el camino que vamos haciendo.  Aunque no lo sepamos concientemente (porque nuestra Alma digita el proceso), nos ponemos metas externas para en realidad conocer nuestra esencia, para transformarnos, para aprender, para expandirnos, para crear, para comprender, para amar.  Si las logramos o no, no es tan importante como el hecho de ser mejores al final del camino. Una buena estrategia es disfrutar el recorrido, tomando conciencia de cada cosa que vamos logrando, agradeciendo cada pequeño detalle que se presenta, bendiciendo la posibilidad de cada paso que podemos dar, iluminando el sendero con la Luz del...
¿Borras las huellas de lo viejo y creas un camino nuevo? ¡Aprende cómo!

¿Borras las huellas de lo viejo y creas un camino nuevo? ¡Aprende cómo!

Cuando comienza un nuevo año, tendemos a hacer balances y a evaluar al pasado año en función de las expectativas que hemos generado a su comienzo.  Visto desde este punto de vista, generalmente los resultados no son muy buenos. Todo inicio está lleno de entusiasmo y esperanzas desmesuradas y/o de insatisfacciones y frustraciones que arrastramos, por lo que nos dedicamos a escribir grandes metas que luego no podemos sostener y volvemos a caer en la mediocridad cotidiana, en una espiral cada vez mayor de desengaño. Hay que saber cómo funciona el cerebro para comprender porqué sucede esto.  Estamos diseñados para ser económicos con nuestra energía.  Una vez que nuestra mente detecta un patrón de comportamiento habitual, lo normaliza para no perder energía en pensarlo una y otra vez.  Un ejemplo es cuando aprendemos a manejar un automóvil: nuestro cerebro se esfuerza por incorporar el mecanismo, pero, una vez que lo hizo, crea una huella neuronal y simplemente la repite inconcientemente, sin reevaluarla nunca más. Esto es muy eficaz para las tareas usuales, ya que no perdemos tiempo ni fuerza.  El problema se suscita cuando se trata de actitudes y comportamientos más sutiles y profundos.  Es cómodo y efectivo ir al trabajo por la misma ruta cada día, pero, cuando esto involucra lo que somos y actuamos, terminamos siendo robots manejados por un programa desactualizado. El proceso de conocernos, evaluar el mundo y accionar en consecuencia está consumado mayormente alrededor de los ocho años.  Para el final de la adolescencia, nuestro cerebro ya creó las huellas neuronales que copiará para el resto de la vida.  La forma en que reaccionaremos...

Con espíritu navideño

Caminando por la av. Cabildo, presencio esta escena al pasar: un viejito muy elegante come en una mesa a la calle, con parsimonia y placer, cuando otro viejito (un poco más joven) se acerca y le acaricia la cabeza, preguntándole: “¿Te gustó la empanada?  Yo te invito”.  Y me dio una ternura infinita…  Esas pequeñas cosas me alegran el...
Globos con buenos deseos

Globos con buenos deseos

El sábado, hicimos la cena de Fin de Año de mi grupo de Chi Kung y Rosa, nuestra maravillosa anfitriona, propuso que lanzáramos globos, con una tarjeta con buenos deseos para este nuevo año.  Después de una exquisita comida armenia, cada uno escribió su deseo y lo lanzó al Universo, como una forma de propagar luminosas vibraciones y para alegrar e inspirar a quienes los encontraran. Con un fuerte viento y desde un piso 15, los globos levantaron vuelo y muchos llegaron muy lejos.  Te propongo que estas Fiestas, en lugar de tirar pirotecnia, te unas a esta iniciativa y movilices amor y paz.  ¿Mi deseo?  “Dios te ama. ¡Sé...
¿Entregaste tu poder y tu propósito? ¡Desátate!

¿Entregaste tu poder y tu propósito? ¡Desátate!

Profundizando una entrada anterior, me gustaría reflexionar sobre un aspecto que se nos escapa cuando analizamos cualquier tema: estamos inmersos en sistemas.  No nos damos cuenta de que “normalizamos” el entorno y así nuestras perspectivas están acotadas a lo que conocemos, lo que nos impide horizontes más amplios y plenos. Comencemos por el que más nos afecta y forma: la familia.  Lo que creemos sobre nosotros mismos y sobre el mundo fue impreso por nuestros padres.  Si ellos tenían una mala relación o conflictos personales o laborales, nuestra percepción será profundamente marcada por eso.  Si nuestra madre era insegura o ausente,  nuestra confianza será reducida, por ejemplo.  Si tomamos conciencia de la historia familiar, será más fácil salir del círculo vicioso que se perpetúa de generación en generación. La sociedad ejerce una influencia poderosa; sin embargo, no nos planteamos cuánto de lo que vivimos está marcado por ella.  Imaginar cómo sería nuestra existencia si estuviéramos en otro país, otro continente, otro tiempo incluso, nos pone en un contexto diferente.  Lo que ahora consideramos normal (y, por eso, establecido y tradicional) no es más que un resultado histórico particular, no lo que “debe de ser”. La religión es un influjo omnipresente, aún en aquellos que se dicen agnósticos o ateos, porque ha determinado a la sociedad de formas indelebles.  El cristianismo, el budismo o el islamismo crearon improntas muy distintas y estamos todos afectados por ellos. En cada ámbito laboral, hay un sistema inherente que moviliza nuestro inconciente.  No es lo mismo trabajar en una multinacional, que en un hospital, que en las fuerzas armadas, que en la justicia, que...
Yo, la víctima

Yo, la víctima

Tendemos a creer que no lo somos, especialmente si estamos trabajando con nosotros mismos y ya nos consideramos concientes y fuera de este flagelo. Lamento desilusionarte/me: nadie de nosotros lo está. Está incrustado en nuestras células, en nuestra sangre, en nuestros comentarios y pensamientos, en nuestras relaciones. Es una raíz insidiosa, propagada lenta y profundamente a lo largo de toda/s nuestra/s vida/s, instalada en las familias y la sociedad. Nadie está libre. Toma muchos ropajes. El más trillado es, por supuesto, el de quien está bajo el dominio de alguien (padres, hermanos, jefes, amigos, etc.). Lo reconocemos fácilmente. Lo que no vemos es que ésa es una relación disfuncional en que ambos se necesitan mutuamente. En realidad, no hay víctima/victimario, sino que los dos están sujetos a una esclavitud que los desmerece como seres humanos. Pensamos que la víctima no tiene poder aquí, pero sí lo posee: generalmente, obtiene determinados beneficios que cree que no conseguiría sola, la compasión y el apoyo de los demás, el control de las emociones del dominador a través de un sutil y complejo juego de manipulaciones en que ambos se degradan. Otra forma de victimización es acusar a los demás de que no sean como nosotros deseamos que sean… por su bien. Muchas madres se amparan en esta manera para manejar a sus hijos, a través de la culpa, el dinero, la necesidad, el supuesto amor. Algunos llevan una vida de desgracias y hechos dramáticos y basan su identidad en esta lucha por sobrevivir, en ser fuertes y aguantar, en continuar a pesar de todo, pero es una máscara. La verdadera solución está...