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¿Cuál es tu Lista de cosas importantes?

Un par de años antes de partir, mientras íbamos paseando por una calle arbolada, mi padre me dijo visiblemente emocionado: “¡Qué linda es la vida!  Mira los colores de las flores, ese cielo tan limpio, estos árboles tan frondosos, de tantos años. Uno no ve esto cuando es joven; está demasiado ocupado trabajando, comprando cosas, que se pierde la vida, lo que pasa, hasta el crecimiento de los hijos.  Es triste.”  Lo abracé y le contesté que por lo menos podía hacerlo ahora y que estaba contenta de acompañarlo.  Se sonrió y siguió admirando lo que iba viendo.

 

Me encantó que pudiera darse cuenta de esto, así como de otras cosas que iluminaron su final.  En ese afán de hacer, de construir, de adquirir, de adquirir experiencias, muchas veces dejamos de lado lo que nos hace humanos: nuestra capacidad de sentir, de tomar conciencia, de evolucionar.

 

Esto se ha incrementado en los últimos tiempos, con la enorme oferta de bienes, productos, salidas y cualquier parafernalia que sea posible.  A menudo, trabajamos sin descanso para descansar un poco (en las vacaciones), lo que tampoco se consigue porque seguimos corriendo de un lado a otro.  Todo nos parece interesante e importante para tener o hacer y la constante publicidad lo incentiva.  Para ser alguien de esta época, hay que estar ocupado todo el día, de la mañana a la noche.

 

Las vivencias tienen que ser poderosas, inolvidables, fotografiables (con selfies con muchos “me gusta”), las mejores que el dinero pueda comprar.  Así nos vamos anestesiando, como cuando se comen picantes cada vez más fuertes y se va perdiendo el sabor de la comida.  ¡Quiero más!

 

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¿Hasta cuándo?  Hasta que comenzamos a preguntarnos qué nos olvidamos en tanto desenfreno.  Y son cosas tan pequeñas que cuesta distinguirlas.  La mayoría están atadas al cuerpo y las emociones.  Son sutiles y profundas.  Dejan huellas que no se ven.  Dar una caricia en el momento justo.  Sostener una mirada, cargada de sentido.  Mirar un ocaso, lleno de colores impresionantes.  Hacer el amor con amor.  Escuchar música y bailar solo.  Leer un libro y avivar la imaginación.  Reír juntos con amigos.  Abrirse a que la primera brisa fresca del otoño nos roce la piel.  Sentir el agua jugueteando y limpiando hasta la última célula.  Vibrar con las manitos de un bebé sobre el cuerpo.  Mirar el cielo a través de las ramas de los árboles.  Sonreír sin razón.  Abrir el corazón después de una herida.  Estar escribiendo esto.

 

Nos perdemos la Vida.  ¿Qué puede ser más importante que lo que nos hace vibrar íntimamente y para siempre?  Es obvio que necesitamos comida, techo, trabajo, lo indispensable y que cada uno puede interpretar y llevar esto al nivel que quiera.  El tema es cómo no sacrificarnos en el intento.  Es cierto que vamos descubriendo su importancia a medida que crecemos (como con mi papá).  Cuando somos jóvenes, el ímpetu es enorme y la carrera es subyugante pero, a medida que se nos acaba la nafta, vamos conociéndonos y comprendiendo qué es lo significativo para nosotros.

 

¿Qué es imprescindible para ti?   ¿Cuáles son tus prioridades?  ¿Cuál es tu lista de momentos valiosos?  ¿Qué no quieres perder para desarrollarte?  La mayoría requiere la presencia de otros, pero muchas de las trascendentales son a solas, tú y tu cuerpo, tú y tu alma.  Sentir la conexión.  Confiar.  Permitirte abrirte y brillar.  Ser el centro de tu vida.  Amarte.  Acariciar tu corazón.

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