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La vulnerabilidad confundida con debilidad (y la fortaleza que nos perdemos)

 

Linda Rottenberg, en pleno proceso de expansión de Endeavor, la organización que promueve emprendedores, con gemelos de tres años, recibió la noticia de que su esposo tenía cáncer.  Tiempo después, declaró al respecto: “Mi instinto como líder, y como líder mujer, fue hacer aquello para lo que había sido entrenada: compartimentar, mostrar mi mejor cara, nunca dejar que alguien me viera transpirar o llorar.  Pero ninguna cara de póquer podía esconder mi lucha interna.  Entonces, hice lo opuesto”.  Luego de que su marido se recuperara, reflexionó: “Volví a trabajar a tiempo completo y la experiencia me había cambiado.  Bajé la guardia y desmantelé la muralla que había construido para separar Endeavor de mis asuntos personales. Al demostrar que necesitaba ayuda, la recibí de maneras que antes no se habrían dado”.

 

Esta experiencia me hizo recordar la conversación con una consultante, que tiende a mostrar fortaleza e independencia (que las posee, pero están en construcción porque es muy joven).  Abrumada por las emociones, se permitió llorar frente a su novio.  Lo que creía una muestra de debilidad se transformó en un diálogo verdadero y profundo (no un intercambio mental, nada más) y una prueba del apoyo y la contención que su pareja podía brindarle.

 

Las mujeres hemos pasado del llanto fácil y hasta manipulador a no llorar por nada.  En contrapartida, los hombres se están permitiendo mostrar sus emociones.  Sin embargo, en tiempos en que todos debemos exhibir nuestras máscaras más felices, llenas de sonrisas y gestos seguros, mostrar la vulnerabilidad puede ser un asunto difícil.

 

En general, casi todas las cualidades femeninas son consideradas menores y endebles, por lo que se las disminuye o directamente se las desprecia.  ¿Para qué sirven la paciencia, la constancia, la integración, la suavidad, la ternura?  En un mundo competitivo y materialista, ciertamente para nada…  La peor considerada es la vulnerabilidad porque se la asocia a la debilidad (pecado mortal en una sociedad patriarcal).  Por eso mismo, pedir ayuda está mal visto, ya que es una muestra de esa impotencia.  Así que ahí andamos muchos, haciéndonos los valientes y seguros, mientras ocultamos nuestras mejores cualidades, “ayudando” a los indefensos, a las víctimas.

 

felices bebes

 

¡Tremenda paradoja!  Los fuertes no se conectan con su vulnerabilidad y los débiles no se vinculan con su fortaleza: omnipotentes o víctimas, solo extremos.  En definitiva, todos mentimos y sufrimos, al no aceptar el arco completo de nuestro sentir.  Al mostrar solo algunos aspectos, nos perdemos de los enormes aprendizajes que traen los que negamos u ocultamos… y también pierden los demás, que podrían dejar que surjan sus propias facetas rechazadas.

 

Nos estamos deshumanizando, no porque seamos pobres criaturas dependientes (hay muchos cosas maravillosas que hemos desarrollado) sino porque nos han hecho creer que mostrar nuestra bondad nos hace débiles; que declarar nuestro amor nos convierte en esclavos del otro; que alabar e inspirar es de aduladores e interesados; que ver lo bueno es de soñadores y tontos; que la abundancia es para los ricos y que ellos son malos; que permitir que nuestras emociones afloren nos hace manejables.

 

Cuando llevamos estas virtudes al extremo, se convierten en lo contrario, como cuando pensamos que ser buenos es permitir cualquier cosa y terminamos vacíos y exhaustos, a merced de cualquier manipulador.  No comprendemos que la verdadera bondad es fuerte e inteligente y que el verdadero amor es lo más poderoso dentro de su maravillosa fragilidad.  Comencemos por ser suaves y amables con nosotros mismos, con nuestro bebé interior…

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