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Los aprendizajes entre padres e hijos: el amor encarnado

 

Mirando posteos en Facebook, muchas veces encuentro frases, refiriéndose a los hijos, tipo: “Tú le das sentido a mi vida”, “No existiría sin ti”, “Eres mi único amor”, “Vuelve pronto porque no puedo vivir sin ti”, y otras de ese estilo.  Suenan sumamente amorosas (y no dudo de que lo sean) pero me hacen pensar en la carga que ellas significan para los hijos.

 

Cuando era chica (creo que tendría unos diez años), estábamos en mi casa en una reunión con amigos de mis padres. En un momento, se pusieron a hablar sobre sus hijos y mi madre (que no era demostrativa afectivamente) se quiebra y dice algo como: “Mis hijos son todo para mí, sin ellos no soy nada” y se le caen las lágrimas.  Supongo que una persona “normal” (yo claramente no lo soy) sentiría eso como lo máximo del amor; sin embargo, lo sentí como una piedra en el pecho, como un peso que ella me tiraba, como una responsabilidad que no era mía.  Recuerdo que pensé: “¡yo no quiero eso, es demasiado!”.

 

Con el tiempo y bastante terapia, fui desmarcándome de esa exigencia; comprendiendo que mi vida no debía estar supeditada a sus inseguridades y sus peleas con mi padre; entendiendo que ella debía encontrar su propio sentido y que yo no debía llenarlo.  Luego de la muerte de mi hermano, ella se desplomó, haciendo realidad su decir.

 

No obstante, en un giro del destino, comenzó a ir a una fonoaudióloga por sus problemas de garganta, que le daba ejercicios en un cuaderno y (“extrañamente”) le ponía frases de Louise Hay para que escribiera lo que pensaba al respecto.  Al principio, me llamaba para que yo le dijera qué poner pero, viendo la oportunidad que eso representaba, me negué y la insté a que escribiera lo que se le ocurriera.  Poco después de eso, falleció.  Encontré el cuaderno y me maravilló la profundidad de sus últimos pensamientos: en palabras sencillas, había comprendido sus limitaciones y el propósito de su vida, la maravilla del amor, la sabiduría de los aprendizajes que traemos.

 

familia foletto

 

Atesoro ese cuaderno porque, entre otras cosas, me corrobora una creencia que tengo: podemos aprender hasta el final de nuestra existencia.  No me gusta cuando escucho a las personas referirse a los ancianos con condescendencia (disfrazada de cariño y cuidado), como que ya no pueden cambiar ni asimilar nada nuevo.  Estamos creados para aprender a través de prueba y error siempre: no podemos negarle ese derecho a nadie.

 

Con mi padre pasó algo parecido.  Tuvimos una relación muy difícil durante años y, con trabajo de mi parte, pudimos revertirla.  Cuando mi madre falleció, fue posible conocernos y tratarnos de una forma que no habíamos podido antes.  Seguimos teniendo nuestras “chispas” de vez en cuando pero trataba de charlar con él para comprendernos y que él tuviera otra perspectiva.  Un día, casi al final, a sus noventa años, luego de una discusión, me dice: “Tenías razón, entendí algo que no había visto nunca, me propuse cambiarlo y ahora estoy contento.  ¡Gracias!”.

 

Padres e hijos somos enormes espejos de aprendizajes.  No debemos echarnos culpas ni expectativas ni responsabilidades.  Cada uno trae la propia y nos ayudamos mutuamente a gestionarlas.  He aprendido de ellos tanto como ellos de mí.  Ya no hay karmas ni temas pendientes: solo amor.

2 Comentarios

  1. Qué bello lo que cuentas. Muchas gracias por compartir y por continuar siempre aportando inspiración desde tu propio crecimiento. Saludos.

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    • ¡Muchas gracias, Sonia! Ese es mi camino: compartir.
      Besos.

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