Hace muchísimos años (que no quiero contar), comencé a trabajar independientemente, después de que me echaran de tres muy buenos trabajos. Me di cuenta de que no encajaba en el “sistema” y busqué un empleo de vendedora en una multinacional, con un sistema abierto. De ahí nos echaron a todos y me volví a quedar sin trabajo. Un amigo comenzó a vender en la empresa de una persona muy conocida y me presentó para poder ingresar. La única pregunta que le hizo este hombre para hacerlo fue: “¿Es profesional?”.
Esa pregunta me marcó para siempre. Entendí que, sin importar lo que hiciera, debía realizarlo de esa forma: con seriedad, objetivos claros, conocimientos cimentados en la práctica, organización, eficiencia, responsabilidad, perseverancia, auto-motivación, innovación, trato cuidado y amable, servicio rápido, etc. Sobre esa plataforma, podía construir lo que quisiera (esto también le sirve a alguien en un empleo).

En estos tiempos de emprendedores, pymes y gente que se larga a hacer cosas por “pasión”, observo que hay poco de profesionalismo en su accionar… y así les va. Puede que funcionen en las buenas épocas o por el impulso del entusiasmo inicial, pero la vida de un trabajador independiente es constante renovación y desarrollo y, si no aprendió a hacerlo con profesionalidad, le va a costar un estrés físico, mental y emocional que le pasará factura en todas las áreas de su vida (y ni hablar si lo está haciendo en un país que lo carga con incertidumbre y cambios continuos). Eventualmente, le puede costar el emprendimiento en sí mismo.
Espero que esta pequeña reflexión te sirva en esta época de tanta convulsión y transformaciones, que nos lleva a desafíos profundos y a actitudes de “pies en la tierra y cabeza en el cielo”.




