
Charlando con una paciente acerca de aceptarnos así como somos, recordé que, cuando era adolescente, iba en un colectivo y se sentó a mi lado una mujer de unos treinta y tantos. Estaba muy bien arreglada, con tacos altos, y durante todo el viaje no se movió nunca. Como mucho, cruzaba las piernas, pero se mantuvo impecable siempre. Yo no paré de moverme: me senté de todas las formas posibles, incluso con las piernas sobre el vidrio de la ventana o del asiento de adelante. Yo no podía creer cómo ella podía estar quieta y compuesta y pensé: “Cuando tenga treinta, seré como ella”.
A los treinta, viajando un día en un colectivo, con los pies sobre la ventana, me acordé de la anécdota, me reí y dije: “Será a los cuarenta”. Esto se repitió a los cuarenta, a los cincuenta y a los sesenta y, si sigo siendo flexible, probablemente a los setenta y ochenta. El corolario es que, en lugar de querer ser como otros (por la razón que sea), solo podemos ser nosotros. Ir en contra nuestra es, además de una pérdida enorme de energía y tiempo, la mejor forma de ser infelices y de perder el potencial que traemos. Seguiré moviéndome sin parar e incomodando a otros…




