
Mientras no aprendamos a contenernos (mental y emocionalmente) a nosotros mismos, seguiremos usando a los demás para quejarnos, para victimizarnos, para echar culpas, para que nos “ayuden” (como niños desvalidos).
Crecer, madurar, despertar, evolucionar, significa hacernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y actitudes. Eso implica ponernos límites, dejar de rumiar ideas obsoletas y de ventilar emociones exacerbadas (o reprimirlas hasta que exploten o implosionen), buscar aliados para compadecernos recíprocamente, culpar siempre al entorno, etc.
Está de más decir que son bienvenidos una sana interacción con el otro, escucha empática, presencia, apoyo mutuo, sugerencias respetuosas, motivación y un compartir alegre y nutricio. Me estoy refiriendo aquí a la falta de la labor interna necesaria para cambiar patrones arraigados desde la infancia.
Obviamente, no se logra de un día para otro: “¡Es difícil!” es la cantinela habitual. Más difícil es soportar el mismo círculo vicioso durante décadas (que seguirá incrementándose cada vez más). Comencemos y poco a poco lo conseguiremos y saldremos de las repeticiones neuróticas.




