Luego de la tormenta, viene la reconstrucción. Así se podrían resumir estos tiempos para algunos (para otros, recién comienzan). Nos resistimos al caos que traen las tormentas, pero son necesarias porque derriban lo que está débil o viejo, lo que ya cumplió su ciclo y precisa renovación. Nos resistimos a los cambios, porque nos aferramos a lo conocido, aunque duela y limite, pero lo único permanente es el cambio.
Hemos esparcido pedazos de nosotros por todos lados, proyectándolos en otros, tanto los maravillosos como los oscuros. Hemos desperdiciado dones y talentos, negándolos o dándolos por sentado. Nos hemos perdido en los modelos familiares y sociales hasta desconocernos. Las tormentas del alma ayudan a desprender lo que no es nuestro y a devolver lo que sí, para que nos hagamos responsables de nuestra encarnación.
Las emociones tienen un papel clave en esta reunión y son lo que aporta energía a la tempestad. Según los temas de cada uno, tendemos a reprimirlas o a exaltarlas, pero estos extremos solo impiden su resolución. Si no aprendemos a manejarlas, en lugar de impulsar el cambio, nos arrasan con su poder. No solo son importantes porque muestran nuestras debilidades y fortalezas y proveen el motor sino también porque son el camino a la Conciencia del Espíritu. Encontraremos la paz después de trabajar con ellas, nunca antes.
El cuerpo, ese gran negado de nuestra cultura basada en lo mental, en el ego, es el otro aliado. Estamos espiritualizando la materia. Eso significa que el físico debe soportar enormes cantidades de energía para contener la conexión con nuestro Ser. Pero, antes, debe limpiarse de las memorias de incontables situaciones kármicas. Para ello, recurre a muchos síntomas y enfermedades, ya que necesita borrar las huellas persistentes del ADN.

Además de esa manera, nuestro Ser nos confronta con los asuntos inconclusos. Nos pone enfrente personas y circunstancias, emociones e ideas, que es necesario elaborar, sanar, liberar. Nos acostumbramos a posponer todo, negando que cualquier pensamiento/emoción/hecho tiene su consecuencia (y ahora es rápida). Así, pronto nos encontramos con un cúmulo de efectos y secuelas que nos espantan. En lugar de buscar solucionarlas en el afuera, debemos ir adentro para hallar la causa y resolverla. De cualquier forma, no es necesario llegar a tamañas gestas; lo cotidiano nos provee suficiente material para elaborar todo, si estamos conscientes y conectados.
Otra ilusión que la tormenta vuela es nuestro papel resonante y los grandes planes que hemos construido. Avivados por el ego espiritualizado, nos hemos subido al caballo y ahora nada se siente verdadero; estamos vacíos y perdidos. Así debe ser. Por un lado, esos proyectos eran movidos por alguien que ya no somos, así que no resuenan más en nosotros; por otro lado, la Energía es tan inédita que todavía está encontrando espacio y nosotros estamos dándoselo, tanteando cómo bajará en formas tan nuevas que nos sorprenderán.
Sea como sea, necesitas serenidad, silencio, bajar el ritmo, interiorizarte, tomar conciencia. Sé lo difícil que es esto en una sociedad que te impele a moverte y lograr. Pero precisamos pioneros y no son puestos electivos. Ya vienes con la impronta y no puedes esconderte ni rechazarla; tampoco tienes que inmolarte ni sacrificarte. Solo aceptar la Luz que portas (y la Oscuridad… para transformarla en Luz). Respira, siente tu maravilloso cuerpo y sus mensajes, arráigate a la Madre Tierra, céntrate en tu corazón, vive el día a día con conciencia y humildad. Eres divinamente guiado y protegido. Te acompaño.




