
Analizando con una paciente bastante desorganizada y que se carga de cosas que no puede terminar, terminamos afirmando lo que escribí en el último post: a la mente le gusta planear, estar activa, llenarse de información y proyectos, pero resulta que es el cuerpo el que tiene que llevar a cabo todo eso. La mente vive en el limbo; el cuerpo, en la realidad material.
Si no queremos estar corriendo continuamente y sentirnos culpables por lo que no pudimos hacer, es necesario aprender a cortar los excesos de la mente, con sus delirios y ansiedades constantes, y organizarnos apropiadamente. Una forma es escribir lo que deseamos realizar: primero, con un enunciado general y, luego, anotando punto por punto cómo lo materializaremos. Eso solo basta muchas veces para comprender la magnitud de lo que nos proponemos. Es todavía más efectivo si le agregamos los tiempos de concreción.
“Bajar” lo que pretendemos a un papel es fundamental. La mente acumula intenciones una tras otra y ellas se va sucediendo en el flujo constante de su devenir, lo que no permite fijar nada, todo da lo mismo… La palabra (hablada o escrita) es el segundo nivel de creación. Cuando expresamos algo, sobre todo en algo físico como el papel (o el celular o la computadora), nos resulta más fácil percibirlo y llevarlo a la práctica. Además, podemos ir tachando las actividades realizadas, lo que nos gratifica y nos hace ir por más.
Pruébalo: dedica unos momentos cada día a escribir tus actividades, con el tiempo que te llevarán. No sobreestimes tu capacidad, ya que no todo depende de ti; el tránsito, las esperas, cualquier cosa puede complicarlas. Si son objetivos a largo plazo, tómate un plazo razonable para desmenuzarlos en sus múltiples segundas y terceras metas; así, tendrás un panorama real de lo que verdaderamente significan. Recuerda: no tienes que ser ni lograr TODO. Esos son sustitutos falsos de la falta de autoestima; valórate y ámate así como eres.




