
Nos cuesta soportar la incertidumbre, la duda, la ansiedad de no saber o de no estar seguros. Hacemos cualquier cosa para mitigar sus efectos… hasta creer falsedades o confiar en oportunistas que dicen tener la verdad consagrada.
En tiempos de noticias instantáneas a nivel mundial y de redes sociales, ellas son utilizadas ampliamente para manipular esos temores y darnos la falsa impresión de que podemos sacarnos de encima tan horrible malestar.
Las consecuencias son peores que la misma sensación, porque tomamos decisiones y actuamos sobre bases artificiales. Por más difícil que resulte sobrellevar la incertidumbre, debemos comprender que así es la vida. Las seguridades que nos quieren vender son quimeras; nada es invulnerable ni definitivo.
Somos seres frágiles, inciertos, mudables, precarios. No sabemos qué pasará al momento siguiente ni las verdaderas consecuencias de lo que hacemos. Caminamos sobre el agua. Cualquier cosa puede suceder. Y esa es la maravilla de ser humanos. Una construcción inconstante e insegura, que desaparecerá en un instante en el tiempo infinito.
Habitar este cuerpo, con el corazón en lo divino, es el gran desafío. Y todos los días tiene sus maravillosas recompensas, si sabemos verlas y agradecerlas. La confianza reside en el alma, no en el ego.




