
Una paciente me cuenta que tuvo que ir a una farmacia y había una cola de unas quince personas (todos con la distancia estipulada, callados, tranquilos). Me comenta: “El virus nos enseñó a esperar; antes, todos hubieran estado quejándose y criticando a los empleados”. Tiene razón.
Los tiempos que manejamos en la vida “normal” son rápidos y estresantes; no son los que el cuerpo tiene ni necesita; tampoco, son adecuados para el bienestar y la tranquilidad que precisa para funcionar correcta y saludablemente. Corremos hacia la nada, sin capacidad de espera ni interioridad: solo cuenta la velocidad (mecánica) de la mente y sus exigencias y demandas (inhumanas).
Si podemos aprender algo de todo esto, es a bajar la máquina en la que nos hemos convertido y volver a los tiempos del cuerpo, a escucharlo, a respetarlo, a conectarnos con la vida aquí y ahora.




