
Una persona me dice que nunca podría hacer mi trabajo porque le parece muy triste (e inútil en el fondo) y que no soportaría estar escuchando desgracias una y otra vez. Le contesto que no se trata de eso, por lo menos de la forma en que yo lo hago. Las “desgracias” son aprendizajes y, si los tomamos de esa forma, le sacamos gran parte del drama, ya que los vemos como oportunidades de estar mejor, de integrarnos, de ser plenos.
Por otro lado, no nos dan herramientas para crecer, para el bienestar, para sentirnos conectados a nuestro Ser, para encontrar nuestro propósito, para ver la vida como un proceso maravilloso de evolución y creación, para ser partes de Todo Lo Que Es. De eso se trata, no de arrojar lo peor por un rato y seguir haciendo lo mismo (como esta persona cree que es).
Si tomamos un espacio terapéutico como un lugar de aprendizaje, ensayo, contención y expansión, se convierte en un lugar de creatividad, transformación y magia… la de ser uno mismo.




