
Un tema común con pacientes, amigos, familiares es lo cansados que estamos con los efectos de la pandemia. Lo que más le cuesta a la mayoría es estar encerrados, lejos de sus afectos. Es distinto mirar a los ojos en persona, tocar, abrazar, reír, expresarse profundamente, estar en la energía de los demás.
Además, muchas cosas están en pausa o no se sabe qué ocurrirá más adelante. La incertidumbre que esto genera es enorme; no solo nos cuesta vivir en ella sino que tomamos este tiempo como algo eterno, y el error casi a punto de suceder es tomar decisiones que afecten el futuro, cuando no sabemos cuál será.
Aquí hace estragos la falta de autoestima, de confianza, de proyectos, de conexión interna para atraer potenciales que tengan que ver con los nuevos descubrimientos que vamos teniendo sobre nosotros mismos. Ya no somos los mismos y es necesario abrirnos al misterio de lo desconocido (para nosotros, no para nuestra alma).




