
Al principio de mis veinte, tuvo un par de cólicos biliares, tremendamente dolorosos, en el medio de la calle. Fui a un médico, que me dijo que tenía que operarme enseguida y sacarme la vesícula, para prevenir males mayores. Salí asustada de la consulta, incrédula, y, cuando llegué a mi casa, vi que en el membrete figuraba también como cirujano. Lo descarté.
Fui a un gastroenterólogo, que me dio otro diagnóstico y me recetó unas pastillas que tendría que tomar toda la vida. Me puse a estudiar sobre nutrición y sobre enfermedades psicosomáticas. Sigo teniendo mi vesícula y tomando alguna pastilla de vez en cuando si me excedo o si tengo ciclos digestivos difíciles. Pasó lo mismo con otras enfermedades, que requerían cirugía o remedios caros. Aprendí de esa experiencia a tomar a los médicos como diagnosticadores.
Si estoy de acuerdo con su tratamiento, lo sigo. Si no, averiguo otras formas, pero básicamente escucho a mi cuerpo qué desea, qué dejé pasar y necesita labor interna, qué puedo estar expresando del Colectivo o de la Energía entrante, qué nuevas condiciones precisa para funcionar a otro nivel, etc.
Entro y salgo de las enfermedades desde que nací: es una manera de conocerme, de aprender, de ser resiliente. Desde hace un tiempo, ya no necesito tanto de este mecanismo y me sano rápidamente si manifiesto algo. Soy la responsable de mi salud siempre y, por lo tanto, las decisiones son exclusivamente mías.




