
De niños, nos enseñaron a sonreír y ser amables, a sofocar el enojo y el descontento, a apagar lo nuestro a favor del modelo social. Así, la frustración y el vacío se comenzó a apoderar de nosotros.
Ahora, nos resulta difícil ser verdaderos, porque sentimos culpa e incomodidad, porque no tenemos habilidad en decir y pedir lo que deseamos, en poner límites.
Se consigue poco a poco. No se logra a los gritos ni pasando facturas a los demás (porque todos estamos en la misma). Se elabora en el interior y se va practicando, con nervios, con temor, con dudas, temblando, sudando, con un hilo de voz, hasta que sea natural.
La culpa se enfrenta (al igual que los miedos) y, con el tiempo, se comprende que son mecanismos de control y van perdiendo fuerza, mientras nuestro diseño original se hace presente. Comienza. No hay un tiempo perfecto, es cuando lo decides.




