
Cuando era joven, era muy extendida la costumbre de “etiquetar” a la gente. No digo que no siga sucediendo, pero noto que se ha relajado en varios temas, aunque ha recrudecido en las Grietas: ya no importa quién es el otro, sino su filiación; si no coincide con la mía, es el enemigo.
Volviendo a las etiquetas, yo sentía que era como que me ponían un sello en la frente y que todos me juzgarían de acuerdo a él, se acercarían o se alejarían, me harían pasible de determinadas características y me arrumbarían en el depósito del fondo de las existencias.
Esto sucedía porque todos seguían un modelo de acuerdo a la tribu a la que pertenecían. Era fácil identificarlos; de hecho, me hice famosa en un grupo por la certeza con que los reconocía de lejos. Sabía qué leían, cuál era su partido político, dónde iban, qué ropa usaban, lo que sea, porque esa tribu se comportaba de una cierta forma.
Por supuesto, pensaban que los otros eran “los adaptados al sistema” y ellos los únicos originales. En realidad, eran todos iguales dentro de su grupo y así cada uno que se creía mejor que los demás. Con el tiempo, me di cuenta de que los menos destacados, los más comunes, muchas veces eran los más auténticos, los que tenían historias muy interesantes pero que no las andaban mostrando y me nutrí de muchos de ellos.
Siempre he tenido un interés enorme por todo en esta vida, así que era muy difícil etiquetarme porque, en el momento que decían que era rockera por ejemplo, me pescaban escuchando tango, jazz, folklore, música clásica, cumbia, cualquier canción que me gustara. Y así con cualquier cosa. Esto me dio una gran libertad para elegir, sin importarme si correspondía a lo que se suponía debía ser, hacer, tener, pensar, sentir, etc.
A medida que crezco, he ido construyendo esta que soy, que va volteando paredes y levantando nuevas cada tanto, sin estilos ni planos, sin memorias ni expectativas, solo buscándome y encontrando el paisaje de Todo Lo Que Es de fondo y de forma.




