Una paciente me comenta sobre su dificultad para escuchar a los demás, en el sentido de querer dar contestaciones inmediatamente, en lugar de comprender qué están diciendo o deseando. Lo vinculó con un pasado en grupos donde era necesario tener una “escucha reactiva”: ser alguien que proveía soluciones o respuestas rápidas. En cambio, ahora se da cuenta de que quiere tener una “escucha activa”: hacer un silencio interno en donde el otro sea verdaderamente tenido en cuenta.
Siendo una guía natural y teniendo activaciones en el Circuito del Saber, yo tenía mucha escucha reactiva; siempre brindaba información y consejos sin que me lo pidieran (¡problemas de no conocer mi Estrategia!). Y, aun peor, cuando era joven, en realidad solo esperaba que el otro hiciera una pausa para poder hablar o bastaba que me contaran algo para buscar en mi memoria algo más grande o mejor para retrucar o directamente quería descargar mi mente abarrotada de ideas.
Con el tiempo, tomé conciencia de esta actividad dañina, no solo para los demás sino para mí también, ya que me impedía una comunicación verdadera. Otro tema que percibí era que los usaba para no tomar contacto con mi interior, así que esa cháchara inútil que desarrollábamos era algo que no servía a nadie, porque seguramente el otro estaba haciendo lo mismo.
Para evitarlo, me mordía la lengua y callaba, tratando de escuchar sin interrumpir. Me costó, pero lo conseguí, y me di cuenta de que uno de los problemas era que no estaba presente. Mi mente divagaba mientras fingía escuchar. O pensaba en lo que tenía que hacer después o en la pérdida de tiempo que era estar con esa persona o en lo que me disparaba su charla, pero que no era cortés que le dijera. Nuevamente, el aprendizaje fue respirar y estar en el aquí y ahora, en el intercambio que supone una conversación.
Escribí supone porque, en este contexto, no lo hay: son dos diferencias que no se conectan para encontrar proximidades. Esto es absurdo cuando hay grietas, ya que cada uno permanece en su ideología, queriendo convencer al otro, en un “diálogo” de sordos que retrata la rigidez y el fanatismo de mentes cerradas. En el otro extremo, nos juntamos en tribus afines (en redes sociales, por ejemplo) para tener relación solo con los que piensan como nosotros, dejando de lado al diferente, en una comodidad segura.

Es tanta esta falta de escucha de cualquier clase, que el filósofo Byung-Chul Han imaginó que en el futuro habrá una profesión de “oyente”, ya que la creciente focalización en el ego, el progresivo narcisismo de la sociedad lo hará imprescindible. Escribió: “Escuchar no es un acto pasivo. Se caracteriza por una actividad peculiar. Primero, tengo que dar la bienvenida al otro, es decir, tengo que afirmar al otro su alteridad. Luego, atiendo a lo que dice. Escuchar es un prestar, un dar, un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar”.
Y agregaría, es lo único que nos ayuda a escucharnos. Porque el inconveniente mayor es que no nos escuchamos. No hacemos silencio interno para dejar venir las voces silentes, enmudecidas por el torbellino mental, por la vergüenza o el dolor, por la familia o la sociedad, por las normas o los miedos. Y, finalmente, para oír al Ser, a la esencia que trata de vincularnos y vincular al otro.
Cuando me escucho, puedo escuchar al otro; es una sinergia que nos enriquece y profundiza, que nos une y nos iguala. Solo cuando permito que el otro se exprese verdaderamente, mi palabra tiene valor para él, si es necesario decir algo. Un gran desafío de estos tiempos es el silencio. En medio de tanto ruido (real y digital), es lo que nos conectará a la vida en todo su esplendor. Démonos la oportunidad.




