“Estoy perdiendo la memoria”: escucho este comentario muchas veces y no solo de personas mayores, que se asustan creyendo que es el principio de una enfermedad temida. No, es la consecuencia del proceso de evolución que estamos atravesando.
La memoria es un asunto complicado. Por un lado, nos permite automatizar las actividades repetitivas, haciéndonos ahorrar energía (tan preciosa para el cerebro). Y, por otro, usa el mismo mecanismo para lo psicológico, por lo que terminamos viviendo del pasado, repitiendo los mismos traumas infantiles y las mismas actitudes perjudiciales. Lo que es bueno en un campo es dañino en otro…
Ese modo de repetición es típico de los procesos Tribales: cuando una ley o práctica se instala, no se cambiará hasta que la experimentación demuestre que ya no sirve (luego de muchas resistencias y pruebas). Por el contrario, en lo Individual, el potencial de lo nuevo está surgiendo momento a momento, trayendo la mutación y la renovación. Lo Tribal vive de la memoria; lo Individual, de la creatividad.
Estamos en una transformación formidable que se basa en lo Individual. Desde hace un tiempo, las formas del pasado no funcionan. Por eso, los jóvenes no están interesados en las experiencias de los mayores, ya que no les ayudan a vivir en estos tiempos, tanto en lo práctico (pasamos de lo analógico a lo digital) como en lo teórico. Nociones como sacrificio, lucha, sufrimiento, esfuerzo, arraigo, no les atraen como basamento de sus vidas, sino que buscan simplificar, disfrutar, motivarse, compartir, aprender, moverse.
Estamos cerrando los karmas; es decir, los aprendizajes (tanto en lo personal como en lo generacional). Cada desafío que se nos presenta es una oportunidad para finalizar uno y comenzar desde otra óptica, dejando las vivencias que lo hicieron posible de lado y reteniendo el aprendizaje. Por eso, el pasado se está desvaneciendo como arenas en el tiempo. Ya no recordamos tanto como antes ni nos quedamos en la nostalgia, a menos que estemos resistiendo cambiar y evolucionar (tarea inútil si las hay…).

¿Cómo se siente esta transición? Como una confusión; a veces con entusiasmo y otras con ansiedad, a veces llena de enseñanzas instantáneas y maravillosas y otras con lastres inmemoriales y pesados. ¿Cómo se vive? En el aquí y ahora. Ya no podremos refugiarnos en el pasado y sus cómodas repeticiones, que tanto nos han limitado. Si nuestras familias traen determinados comportamientos nocivos que han pasado a través de las generaciones, es hora de finalizarlos e inaugurar otros que nos expandan y activen lo mejor de todos.
Eso se hace poniendo conciencia en nuestros aprendizajes y llevándolos a la práctica. Estamos en una dimensión material: creer que todo se soluciona pensando, haciendo cursos, llenándonos de información, es inútil y peligroso. Eso es solo el inicio, el contexto; debemos concretarlo con la palabra (hablada o escrita) y, por sobre todo, haciendo la labor cotidiana de reemplazar un comportamiento perimido por otro nuevo.
Cuando se habla tanto de estar en el aquí y ahora, poco se menciona que el único que está presente es el cuerpo. Mientras la mente divaga entre el pasado y el futuro, movilizando lo emocional, el físico muestra fehacientemente la verdad. Por eso, es tiempo de reeducar la mente con nuevos conceptos, trayéndola al presente siempre, mientras sanamos las memorias.
En tiempos de incertidumbres y peligros, fluir con lo que la vida trae es crucial. Debemos ser fuertes, adaptables, confiados, creativos, alegres. Las instituciones ya no nos respaldarán. Es necesario conocer nuestro diseño, aceptarlo, amarlo, potenciar lo mejor de él, mientras nos compartimos aprendizajes y luminosidades. Cada vez más, las ilusiones y expectativas erradas del pasado, basadas en los modelos familiares y sociales, terminarán y nos daremos cuenta de que ya somos y tenemos lo que necesitamos para vivir plenos en el aquí y ahora.




