¿A qué aspecto le darás protagonismo en tu espacio interno? Decide quién quieres ser.

“¿Por qué a mí, si yo soy buena?”.  No estamos aquí para ser buenos, sino para ser completos. 

 

“¡Yo no soy así!”, me dice una paciente; otro me comenta: “Esa es mi máscara, yo soy distinto”.  Este tipo de ideas son muy comunes y en el fondo lo que quieren significar es: “yo soy mi parte buena; lo demás no”.  Es obvio que esto crea una división interna, que termina en lucha y discriminación, dinamitando la unidad que verdaderamente somos.

 

Todos tenemos aspectos conscientes e inconscientes; no importan si son buenos o malos (según otra división que nos daña).  El tema es que rechazamos los que nos disgustan o están mal vistos y optamos por dos variantes: si son conscientes, le echamos la culpa a la familia o a la sociedad (“Esto no es mío, es de mi padre”) y, si son inconscientes, los proyectamos en otros (¡Pedro es tan envidioso!).

 

Es extremadamente desempoderador ir resistiendo facetas que son constitutivas de todos y que tienen una razón de existir.  En el momento en que negamos que somos algo, ya estamos atrayéndolo, porque la vida es equilibrio, porque necesitamos admitir esa parte.  Todos somos un cóctel con los mismos ingredientes: varían las proporciones pero a nadie le falta nada.  Cuando accedemos a esta verdad, cesamos la lucha.

 

Al explicarle esto a mi paciente, lo aceptó, e inmediatamente vino la pregunta de rigor: “¿Y cómo lo hago?”.  En principio, podemos imaginar que tenemos un enorme espacio interno, en el cual están todos los aspectos.  A lo largo de nuestra vida, les hemos dado protagonismo a algunos mientras hemos hambreado a otros, relegándolos a un minúsculo lugar.  Cuando nos damos cuenta de que uno toma el micrófono constantemente y no queremos, se lo sacamos y se lo damos a otro aspecto demacrado, que necesita que lo alimentemos con nuestra atención y cuidado.

 

 

Esto requiere conciencia; estar presentes; dejar de vivir en la mente, tomados por estas partes que hablan libremente en nombre de nosotros.  Como le dije a alguien: “Si observas que tu hijo tiene una rabieta y comienza a romper los muebles y adornos, ¿lo vas a seguir mirando, dejándolo que destroce todo, o lo vas a parar y contener?”; obviamente me contestó que lo detendría; “Entonces, ¿por qué permites que tu mente se dispare a cualquier parte, de cualquier forma, sin frenarla nunca?”, le argumenté.

 

Tan simple como parece, nos cuesta hacerlo porque le hemos dado demasiado poder y ya ni siquiera nos percatamos que somos vividos por la mente, por sus pensamientos recurrentes, por sus programas, por sus reacciones infantiles.  Lo damos por hecho y así terminamos siendo robots, movilizados por aspectos que tomaron protagonismo cuando todavía la conciencia no estaba preparada.

 

Cuando la despertamos, nos horrorizamos por los resultados y queremos solucionarlo rápido y fácil.  No existe tal cosa.  No se detiene un alud con la mano; hay que tener en cuenta la inercia de años de peleas, temores y victimizaciones.  Se hace poco a poco, en la medida en que la conciencia nos va presentando cada día las oportunidades.

 

Y aquí está otro tema importante: es maravilloso leer sobre espiritualidad y evolución y vernos reflejados en esos casos de éxito (se nos caen las lágrimas) pero, cuando nos toca a nosotros, en nuestra realidad, con el esposo o la vecina, surge la pregunta que me hizo una chica: “¿Por qué a mí, si yo soy buena?”.  No estamos aquí para ser buenos, sino para ser completos. 

 

Este hermoso planeta, esta encarnación, estas experiencias, estas personas, son oportunidades para aprender a ser creadores responsables.  No pasa en el limbo, ni en la mente, ni en los sueños: sucede en la vida cotidiana, en cada pequeño acto en el que decidimos darle voz a un aspecto luminoso y decirnos: “Esta es la persona que quiero ser”.  A partir de ahí, podemos establecer una conexión real con nuestro Ser.

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