Acepta que tus decisiones no le gustarán a todos (y tú tampoco).

Los límites nos lo tenemos que poner a nosotros mismos, dejando de victimizarnos, maltratarnos y rebajarnos de mil formas. 

 

Hace muchísimos años (más de los que recuerdo seguramente), estaba sola escuchando por la radio una entrevista a una famosa personalidad argentina.  En un momento, soltó una opinión sobre algo y enseguida reaccioné en voz alta insultándolo, porque no podía creer que dijera tal tontería.  Entonces, me di cuenta de algo muy importante: si alguien que era considerado lo máximo por la gente había sido ninguneado y rebatido, ¿por qué no podía pasarme a mí?

 

Ese instante fue revelador porque estaba debatiéndome con el temor al rechazo y la burla si me mostraba tal cual yo era.   Como la mayoría, quería que todos me aprobaran y reconocieran, así que el más mínimo gesto o tono de voz que indicaran que me criticaban era devastador (así de emocional e insegura era yo).   Pero comprendí en esa situación que nadie puede esperar la aprobación total; siempre habrá personas que no estén de acuerdo o que incluso nos desestimen (como yo lo hice con este buen señor).

 

Tan simple como suena es difícil de implementar.  Nuestro Niño Interior salta súbitamente en esos instantes de reproducción del trauma inicial y vuelve a engancharse, con las mismas emociones y palabras de costumbre, eternizando la misma respuesta a un aprendizaje que no tomamos, victimizándonos.  ¿Qué hacer?  Tomar conciencia, respirar, exhalar lo repetido e instalar nuevas afirmaciones, emociones y actitudes que nos saquen del atolladero para evolucionar hacia el potencial que traemos.

 

 

También nos pasa esto en la toma de decisiones.  Damos cientos de vueltas buscando una que no lastime a nadie.  ¡Otra imposibilidad!  Siempre alguien se sentirá afectado o no le gustará o nos reclamará.  La conducta habitual (sobre todo en las mujeres) es no decidir y/o hacer lo que quieren los otros.  Parece ser preferible sufrir uno a que lo hagan los demás; el problema con esto es que, a la larga, habremos vivido una existencia de dolor continuo, nos sentiremos profundamente insatisfechos y nos despreciarán por débiles y acomodaticios.

 

En esta situación paradójica, le enseñamos a los otros que nos pueden hacer cualquier cosa, porque lo aguantaremos para que nadie resulte herido (salvo nosotros, claro).  Cuando caemos en estas conductas patológicas de aceptar lo que sea, a la mínima divergencia, se ponen en contra y nos recuerdan (nos obligan a) ser las “buenas personas” que somos, tan serviciales y resistentes.

 

A este nivel, ser buenudo se ha transformado en la pesadilla del Niño Interior herido, estigmatizado, inseguro, miedoso y rechazado.  Lleva tiempo entender las múltiples formas en que nos humillamos y nos relegamos, permitiendo que los demás también lo hagan.  El camino a la aceptación y la valoración comienza dentro, poco a poco, con paciencia, amabilidad y perseverancia.  En la medida en que nos vamos apreciando, los demás irán comprendiendo que el status quo cambió y que ya no jugamos esos juegos.

 

He insistido últimamente en la importancia de los límites.  Es más fácil creer que se los tenemos que poner a los otros, a través de interminables discusiones y peleas.  ¿Le funcionó a alguien?  No, ya aprendimos de niños con nuestros padres que, si ellos no lo tenían claro internamente, era cuestión de empujar e insistir para que volviéramos a ganar.  Los límites nos lo tenemos que poner a nosotros mismos, dejando de victimizarnos, maltratarnos y rebajarnos de mil formas. 

 

Cuando podamos pararnos sobre nuestros propios pies, afirmándonos en la unicidad y autenticidad que somos, nuestra aura hablará por sí misma.  La energía soltará a algunos y atraerá a otros y nuestro mundo mejorará y se expandirá.  Sabremos decir las palabras correctas y sentiremos que nuestro corazón tiene el permiso de brillar.  En esto estamos todos, por eso la presión que tenemos y los cambios que se están produciendo (queramos o no).  Hagámoslo nosotros a nuestro ritmo, en lugar de esperar que la Vida lo realice abrupta y definitivamente.  Te acompaño.

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