
Hay una diferencia entre estos dos comportamientos: la agresividad es un componente ineludible de la vida (viene de “acometer, ir hacia”). Nada podría ocurrir si no tuviéramos ese impulso necesario: un bebé no nacería, no comeríamos ni emprenderíamos tareas, no progresaríamos.
Si estamos en una posición pasiva, acostados en una cama y queremos ir a cocinar, tenemos que levantarnos, salir de esa posición cómoda y caminar. Cuando cocinamos, tenemos que destrozar los alimentos para que se hagan. Cuando comemos, debemos romperlos para que puedan ser asimilados. “Toda manifestación positiva de la vida es agresiva. Gran parte de la perniciosa inhibición de la agresividad que sufren nuestros niños obedece a la equiparación de agresivo con perverso”, dijo Wilhelm Reich.
Cuando esa agresividad no encuentra un cauce creativo, constructivo y transformador se convierte en violencia. Charlando con una paciente que quiere adelgazar, le hacía notar que tragaba la comida prácticamente sin masticarla. Esta necesaria agresividad de morderla hasta destruirla completamente no solo le hacía más fácil la digestión y comer menos, sino que también le dejaba descargar energía, frustración y emociones. Era una buena forma de subliminarla sin violentarse a sí misma con más comida.
Podemos ser agresivos sin ser violentos (usando el impulso para lograr lo que deseamos) y ser violentos sin ser agresivos (peleando inútilmente contra las cosas, sin alcanzar nada o, peor, volviéndola contra nosotros mismos). No le temamos a la Vida.




