Cayendo al Vacío (sin red pero con conciencia)

El Vacío nos está llamando y no debemos temerle, porque es solo la suma de todos los futuribles, el nido que contiene los potenciales que emergerán, el útero que puede engendrar nueva vida.  Para ello, debemos vaciarnos de lo conocido. 

 

En Oriente, el Vacío es la fuente de todas las cosas, la oquedad que contiene la potencialidad de la existencia.  En cambio, en Occidente le huimos al interpretarlo como una carencia total.  Estamos en tiempos de “horror vacui” al parecer, porque nos vamos soltando de tantas cosas que nos aparece el terror de no ser nada, de no tener nada, de no hacer nada.

 

Desde hace bastante, muchos estamos sintiendo que nos vamos desapegando de cosas que antes nos hacían bien.  Soy una persona entusiasta, la pasión siempre me ha movido a lo largo de la vida (si no lo “siento”, no puedo hacerlo).  Pero, así como vamos liberando traumas, heridas, recuerdos, ideas, también se van relaciones, trabajos, objetos, hobbies, etc.  Hay una sensación general de que nada de lo que conocíamos nos interesa, no tiene la misma potencia.

 

Nos sentimos “vacíos”.  ¡Bienvenidos al reino del ego!  En realidad, siempre lo hemos estado, ya que el ego lo único que trata es de llenar ese vacío esencial con actividades, intereses, personas, lo que sea.  Básicamente, lo mueve el deseo.  Ese es el motor de nuestra existencia: deseamos algo y nos movemos para lograrlo.  Una vez conseguido, aparece otro y otro y otro…

 

No creo que haya existido en la historia humana un momento en que tengamos  tantos deseos, que además pueden ser satisfechos tan rápido.  Es más, el sistema inventa nuevos continuamente para mantenernos en la carrera de obtenerlos, en la ilusión de “pertenecer”, de “ser alguien”, de tener la mayor cantidad de “experiencias”.  Esta velocidad también hace que sea más vertiginosa la frustración, porque terminamos dándonos cuenta de que solo tapamos agujeros, pero que el fondo es infinito, no se llena nunca con nada.

 

 

Nos topamos con el vacío.  Y le tememos como a la muerte.  Porque lo es.  Es el final de los deseos del ego, de las identificaciones erróneas, de las ilusiones e idealizaciones, de las luchas y esfuerzos inútiles.  En principio, es tremendamente chocante, doloroso, vano: ¿quiénes somos realmente?, ¿para qué corrimos tanto?, ¿qué es importante?, ¿tiene algo algún valor?

 

El tejido de esta Maya, de esta existencia aparente, es la forma en que aprendemos a crear, a ser responsables, a conocer las consecuencias de cada génesis, a entrelazar los hilos que parecen propios pero son de todos, a comprender que no hay un uno sino un varios que son Uno.  Si entenderlo es complicado, vivirlo es muchísimo más.

 

No quiero filosofar, porque no tengo los elementos ni me interesa.  Solo tengo la intención de poner palabras y atención en un proceso que estamos atravesando.  El Vacío nos está llamando y no debemos temerle, porque es solo la suma de todos los futuribles, el nido que contiene los potenciales que emergerán, el útero que puede engendrar nueva vida.  Para ello, debemos vaciarnos de lo conocido.  Es una gran aventura, en la que cada uno tiene mapas y herramientas propias que en realidad no conoce bien y que no sabe si le servirán del todo.

 

Cada día trae un nuevo afán, las Energías nos atraviesan con códigos solares que nos mueven y conmueven, el exterior se retuerce y agoniza, el interior cae y espera.  Respiremos.  Inhalemos, exhalemos.  Aquí y ahora.  Confiemos.  Solo podemos entregarnos.

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