Crecí viendo a mis padres y a los adultos a mi alrededor seguir adelante sin importar el esfuerzo o el dolor que padecieran. Me resultaba extraño, ya que yo era hipersensible y me agotaba rápido. Los escrutaba tratando de entender qué los hacía continuar inagotables y, aparentemente, recios y fuertes.
Con el tiempo, comprendí que hacían y hacían porque habían nacido para ello y tenían la energía necesaria para lograrlo (que no era mi caso). ¿Hemos cambiado tanto? Parece que no. Antes, se trabajaba para tener lo indispensable, ahora para tenerlo todo. Las exigencias son mucho mayores y la actividad es incansable, para cumplir con lo que se supone que es necesario en el ambiente en que nos movemos. No hay límites, porque la publicidad se encarga de ponernos zanahorias constantemente delante y el ego quiere todo.
También comprendí que mis padres y los demás eran hijos de su tiempo: nadie se preguntaba las razones o los modos de realizar algo, solo había que seguir el modelo social sin desfallecer. Si eso implicaba tragar las lágrimas, la rabia, el sufrimiento, la impotencia, pues así era la vida. Pérdidas, duelos, heridas, traumas, todo se ponía debajo de la alfombra y se continuaba.
Sus hijos comenzamos a replantearnos ese modelo, a ir a terapia, a buscar otros rumbos y otras maneras de conseguirlos. De nuevo: ¿hemos cambiado? En este caso, sí. ¿Sirve? Parece que no. Las dudas y cuestionamientos se suman a la desgastante actividad y amplifican el malestar. Más bien, da la sensación de que ahora estemos en el otro extremo del arco: demasiado blandos, reactivos a cualquier cosa que nos lastime o nos interpele, emocionalmente infantiles, políticamente correctos.
Hemos hecho esto en muchas cuestiones y todavía estamos procesándolo. Corremos del riesgo de solo hacer lo contrario en lugar de encontrar una solución integradora y superadora: dejar de correr de una punta a otra de la dualidad y elevarnos a la Unidad. Es una tarea de todos, ya que somos los que lograremos encarnarlo y concretarlo.

Esa Unidad es la del cuerpo-mente-alma. Es el tiempo que nos toca, el de dejar que el ego nos gobierne para seguir la guía del Ser, el de expandir nuestra energía para abarcar la divina, el de transformar los modelos sociales y políticos para ser Uno. Hemos avanzado mucho en los últimos años, pero el desafío es enorme. ¿Cómo terminamos en esta desigualdad, en este paradigma de inmolación, exigencia, sufrimiento, violencia, malestar, desamor?
Si no cambiamos verdaderamente el quiénes, el qué y el cómo, no será posible ninguna mutación. ¿Quiénes somos? Seres divinos, transitando una experiencia humana. ¿Qué hacemos? Espiritualizar la materia. ¿Cómo lograrlo? Siendo libres, sensibles, potentes, alegres, serenos, conscientes, abundantes, amorosos. ¡Eso es una re-evolución!
¿Te pareció increíble y utópico? Seguramente. No lo es, esa es la naturaleza de este cambio que estamos experimentando. No es meramente cosmético, superficial, como ya lo habrás notado. Tus cimientos se están moviendo y desplazando, tu estructura se está colapsando, cientos de karmas y mandatos milenarios se están resolviendo y mutando. Por eso, es tan duro, intenso, movilizador, agotador.
¿Lo estás haciendo desde el viejo paradigma? ¿Luchando, resistiendo, sufriendo, sacrificándote, dejándote de lado? No funciona de esta forma; estás usando estrategias de la antigua energía para un nuevo despertar. ¿Te atreves a cambiar realmente? Vuelve a tu diseño original, deja los condicionamientos, hazlo desde las cualidades, dones y potenciales maravillosos que traes, desde lo mejor de ti y del humano divino que eres. Concibe una vida sencilla, consciente, alegre, próspera, creativa, pacífica, amorosa, con presencia, conectada a tu Ser y a Todo Lo Que Es. Date la oportunidad, lo iremos realizando poco a poco, entre todos, en una Red de Luz que ya está plasmándose. Te acompaño.




