Una paciente me contaba que no se sentía contenida por su novio, pero parecía que en realidad buscaba que él estuviera para ella cuándo y cómo ella quería. Sonaba a manipulación, más que a un sincero pedido. Pensé cuántos malentendidos se dan en las relaciones cuando no estamos conscientes de nosotros mismos.
En general, cada uno sale a buscar afuera lo que cree no ser o no tener adentro. Paradójicamente, el otro hace lo mismo (casi las mismas cosas, a veces) y todo termina en recriminaciones y desilusiones mutuas. En lugar de conocernos mejor y trabajar con los aprendizajes que traemos, nos resulta más fácil exigírselo al otro. Así, pasamos de un vínculo a otro, con resultados cada vez peores.
Nuestros padres ponen la semilla del aprendizaje en nuestra infancia. Puede ser elaborar el abandono, la carencia, la confianza, la prosperidad, el rechazo, el desafío, etc. Esas “faltas”, esos temas repetitivos y sin salida, constituyen el corazón de las relaciones con los demás, porque se los proyectamos buscando que ellos lo solucionen.
Como eso no es posible nunca, ya que son temas que el alma trae para resolver, en algún momento (en el mejor de los casos), nos damos cuenta que nadie nos salvará y volvemos la mirada hacia el interior. Allí está la única forma de verdadera sanación: conteniendo y dándole un nuevo modelo al Niño Interior, para que cambie su concepción de sí mismo y del mundo, brindándole recursos para una evolución amorosa y sabia.

Cuando hablamos de contención, tendemos a hacerlo desde la debilidad. Nos vemos como víctimas y nos hablamos como tal; lo mismo hacemos con los demás: “Pobrecito, no puedes, yo te voy a dar la solución, yo te voy a salvar”. Como dije, nadie salva a nadie (y menos en estos momentos de intenso cambio). Así, solo reforzamos la larga y sufrida cadena de víctimas, juntándonos para quejarnos y lamentarnos.
La otra forma, la que realmente funciona, es contener/nos desde la fortaleza. En vez de movilizar la lástima, la culpa, la inseguridad, la impotencia, podemos sacar a relucir las cualidades y virtudes del otro: “Lo siento, sé que puedes, confío en ti”. Le estamos mostrando que tiene herramientas a las que recurrir, que sabemos que es potente y capaz, que puede aprender y perseverar. Lo empoderamos para que encuentre su camino, su manera, su solución, no la nuestra.
En estos tiempos, estamos trabajando intensamente este paradigma de Victimización. Si insistimos en buscar salvadores, nos quedaremos solos y sin nada, a fin de darnos cuenta de que tenemos adentro lo que necesitamos. El círculo se cierra: comenzó con nuestros padres, siguió con los demás y vuelve a nosotros para que lo logremos.
Aprende a confiar en ti. No te distraigas con los dramas de los demás, para no hacerte responsable de tus aprendizajes. No funcionará así. En lugar de agregar más eslabones a la cadena de sufrimiento, creemos enlaces de seres sólidos, independientes, que accionan sus dones, y que se juntan con otros desde sus mejores cualidades, para lograr metas comunes.




