De la adicción al sufrimiento al salto de fe.

Aprendí que el camino se presenta cuando damos el paso. 

 

Hace muchos años, tomé conciencia de un mecanismo que repetía y que me perjudicaba: cada tanto, caía en pozos profundos y dolorosos y luego tenía que juntar todas mis fuerzas para poder salir.  Me di cuenta de que tenían relación con crecimientos personales, con espirales de evolución.  Pero, lo que me pregunté por primera vez fue: ¿por qué tenía que llegar al fondo y no rodearlo al verlo?

 

En principio, era porque el asunto me daba miedo y prefería ir difiriéndolo hasta que fuera obligatorio el enfrentarlo.  Parecía una buena estrategia hasta que caí en cuenta que solo aumentaba el sufrimiento, los problemas asociados y las consecuencias.  No eran temas que podía eludir, ya que mi Alma me instaba a resolverlos. Si los dilataba, ella me empujaba hasta niveles intolerables; si los aceptaba, ella me ayudaba.

 

Me di cuenta que siempre recibía señales de que un nivel de aprendizaje se completaba y que debía pasar al siguiente.  En lugar de evitarlo, podía agradecer lo que había conseguido e ir preparándome para el próximo; eso era rodear el pozo en lugar de ir cayendo hasta el fondo.  De cualquier forma iba a tener que enfrentar el asunto, así que era mejor hacerlo en mis condiciones y con los tiempos necesarios.

 

La otra cosa que entendí era que era adicta al drama y al sufrimiento.  Crecí en una casa llena de gritos, palizas y excesos y me acostumbré a las exageraciones, a la intensidad emocional, a fantasear desgracias o idealizar quimeras.  Nada de esto me ayudaba a lidiar con los problemas.  No era forzoso pasar por ello para resolverlos porque ahora tenía otra herramienta: la conciencia.  Fui desapegándome del drama y dejando que ella me marcara el camino.

 

Esto me abrió hacia otros rumbos mucho más ricos y profundos, hacia el potencial que traía en lugar de los condicionamientos familiares y sociales, lo cual significó otro desafío: tuve que dar grandes saltos de fe.  Llega un momento en que todo lo habitual es poco, en que ya no percibimos salida, en que debemos jugarnos por lo que el alma desea y tenemos que saltar hacia lo desconocido.

 

En esos momentos, aprendí que el camino se presenta cuando damos el paso.  Allí donde no había nada, de pronto aparece una solución, una persona, una situación inesperada (o esperada).  Cuando internamente tomamos decisiones fundantes, con todo el corazón, aun con miedo, surgen posibilidades más allá de la razón y lo viable (lo he visto una y otra vez conmigo y con pacientes).

 

Estamos en tiempos preciosos e increíbles, pero debemos estar a la altura de las circunstancias.  Podemos mucho más de lo que creemos porque no nos conocemos realmente.  Tenemos un potencial que no exploramos y no me refiero a esas idealizaciones absurdas que nos venden ni a los grandes planes que soñamos, sino a recursos internos maravillosos que esperan ser concretados.

 

No pasa por ser héroes ni por vencer monumentales retos ni por realizar enormes contribuciones.  Es el día a día, es la pequeña cosa que hacemos diferente, es la emoción que cambiamos, es la palabra que decimos por primera vez, es el paso nunca dado, es la sonrisa ante lo que no percibíamos porque estábamos tan ocupados corriendo.  Eres tú siendo tú y abrazando la Vida.

 

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