Aunque era claro que la relación de mi paciente con su pareja estaba terminada, al igual que las excusas para continuar, le pregunté qué era lo que verdaderamente le impedía tomar la decisión. “El miedo a la soledad”, me dijo. “¿Cuándo estuviste sola alguna vez?”, le contesté, y tuvo que admitir que nunca. Pasó de su madre (sus padres se divorciaron) a su primer esposo, a otras relaciones, a su segundo marido. “En realidad, siempre estuviste sola, aunque vivieras acompañada”, le aclaré y me dio la razón.
Esa es la experiencia que tenía de la soledad: la peor de todas, la que se tiene estando con otros. Muchas personas pasan por estas vivencias y no se dan cuenta de que su vida ha sido una suma de soledades acompañadas. Han pasado por padres ausentes, y luego encuentran parejas que tienen rasgos parecidos, porque replicamos lo que hemos vivido, lo que hemos conocido. Podemos ver esto como maldición o mala suerte, pero la realidad es que nuestra alma se propuso el aprendizaje de ser completos, integrados y amorosos, y no permitirá otra cosa, por lo que atraeremos vibracionalmente lo que nos ayude a superarlo hasta conseguirlo.
La soledad inicial, la de la infancia, es la que nos marca, porque se supone que nuestros padres son los que nos darán cariño, protección, apoyo, valoración, vinculación amorosa, y estuvieron ausentes de eso. Así que salimos al mundo a buscarlo y, generalmente, nos encontramos con otros que buscan lo mismo, por lo que constituimos soledades acompañadas.
A través de los años, comprendemos que nadie sacará esa sensación interior, ese vacío, esa separación. Y ese es el tiempo de sanación, cuando se completa el círculo: nuestros padres fueron los que comenzaron la herida, después salimos afuera a hallar quien la curara, para al final darnos cuenta de que solo nosotros podemos cerrarla. Volvemos a nuestro corazón, tomamos consciencia de que la labor era ser los padres de nuestro Niño Interior, llenarnos de nosotros, aceptarnos y amarnos así como somos.

Entonces, ya no hay separación, somos uno con nuestro Ser. Estamos en paz con nosotros mismos, valoramos los dones y cualidades, enfrentamos los miedos, tomamos los aprendizajes que trajimos, nos plantamos en la responsabilidad de parirnos, de desarrollarnos, de ser. Así, el encuentro con los otros es de igual a igual, sin cargarlos con la tarea de llenar los vacíos, de valorarnos, de sanarnos, de ser todo para nosotros. Ya somos todo, solo tenemos que descubrirlo.
En el tiempo que hemos corrido hacia delante, buscando, habitualmente crecimos sin darnos cuenta. Hemos adquirido múltiples herramientas, tomado distintas responsabilidades, solucionado grandes desafíos… nos ha pasado la vida. Pero el Niño Interior sigue reclamando y demandando algo que solo nosotros podemos darle: amor y contención. Es hora de entregárselos para que sigamos con nuestra evolución.
Ahora, es momento de abrir el panorama, de elevarnos por encima de las miserias de 3D, de proponernos otras metas, de liberar el potencial enorme que traemos: ser co-creadores. La mayoría de las veces lo único que nos lo impide somos nosotros mismos. Seguimos aferrados a personas, situaciones, lugares que ya no vibran con nosotros, que nos asfixian lentamente, que ahogan nuestros deseos. Nos excusamos con ellos y les echamos la culpa, pero no es cierto.
Respira, conecta con ese aire que compartimos todos, con la Energía Universal; siente tus pies sostenidos por la Madre Tierra, nútrete con ella; aprecia el esqueleto que te soporta, los músculos que te mueven, los maravillosos sistemas que te mantienen vivo y sano, el cerebro que coordina todo; percibe tu entorno interno y externo (sensaciones, ruidos, olores, estímulos, personas); aprecia el camino que transitaste, los aprendizajes, las relaciones, los logros, los valores, los sentimientos; respira, crea el camino que vendrá; agradécete y agradece. Estoy contigo.




