
En una serie, un personaje que ha tenido un accidente pierde la memoria a corto plazo y comenta que no recuerda cosas malas. Un hombre le dice que la vida es como las fotos: solo las tomamos en bodas, en vacaciones, en momentos lindos, no en los feos. Nunca había pensado en esto; es muy interesante, ya que parece que no queremos recuerdos palpables de las dificultades y las tristezas.
Sin embargo, ellas permanecen en nosotros y nos constituyen, a tal grado que muchos basan sus existencias en todo lo perjudicial que padecieron y se niegan a soltarlo, porque les da identidad. Aceptar y aprender de cada experiencia es un signo de madurez y liberarlas, uno de espiritualidad verdadera.
Al final, cada momento (feliz o infeliz, bueno o malo, justo o injusto, todas esas categorizaciones de la dualidad) son hitos en el camino, uno que se va desvaneciendo (como si perdiéramos la memoria) y solo quedan destellos de los importantes, mientras transitamos bajo una nueva luz.




