Deja de hacer sacrificios que nadie te pidió.

¿Se logra algo sacrificándonos?  Generalmente no.  ¿Por qué?  Porque si nos sacrificamos por algo o alguien, forzándonos a ser lo que no somos o a hacer lo que no deseamos, terminaremos infelices y vacíos, generando culpas y castigos. 

 

Cuando tenía 12/13 años, mientras nos visitaban unos tíos, sucedió algo que nunca olvidé: en una charla, mi madre (que no era demostrativa emocionalmente) dijo, con lágrimas en los ojos: “Mis hijos son todo para mí; daría mi vida por ellos”.  Yo sentí que una lápida caía sobre mí, creo que se me cortó la respiración; no quería ser la única razón de su existencia ni deseaba el peso de su sacrificio, algo que tampoco había pedido.  Su infelicidad con mi padre (para el “beneficio” de su prole) y su contante preocupación por esta hija díscola y rara eran inmolaciones de las que quería escapar siempre.

 

Por mucho tiempo, pensé que yo era desagradecida y extraña, hasta que, como terapeuta, comencé a escuchar relatos pavorosos de mujeres a quienes sus madres trataban como amigas y confidentes desde niñas, contándoles sus desgracias y haciéndolas prisioneras de sus penas y secretos.  Otras habían pasado por infancias (y vidas enteras) terribles, con madres perversas y dominadoras o débiles y víctimas; en cualquier caso, las habían inutilizado y obligado a estar pendientes y esclavas de sus deseos.

 

También, oí a madres constantemente agotadas, tratando de cumplir todos los roles a la perfección (mujer, esposa, madre, profesional, hija, amiga y más), con una sonrisa en el rostro.  Muchas ni siquiera sentían que podían quejarse (no estaba bien visto) o se justificaban con racionalizaciones vagas que no lograban convencerlas del propósito de tanto ajetreo y cansancio.  Algunas pocas se sinceraban que no habrían encarado la maternidad (o el matrimonio) si hubieran sabido en qué se metían.

 

Esta glorificación del rol maternal, del amor incondicional y del sacrificio eterno no existió en la historia siempre.  Es bastante reciente y tiene una justificación demográfica, política y social (al igual que la romantización del amor y la mujer etérea y pasiva).  Y no está limitado solo a nosotras: los hombres también deben cumplir sus roles.  Desde el proveedor, competitivo, fuerte, incansable, cuidador hasta el macho, soldado, luchador, sacrificado a la patria y la familia, sin emociones.   Una elite determina un modelo y el resto obedece, sin cuestionar, creyendo que “así fue, así es y/o así debe ser”.

 

Como nací siendo una cuestionadora serial, crítica de cualquier sistema, me rebelé a todo lo que se me imponía como “normal” y me dediqué a buscar mi propia respuesta a qué era ser y existir en este mundo (que incluyó cortar los lazos negativos con mis padres, comprender los aprendizajes que me traían y perdonar/me, logrando un vínculo armonioso).   Lo sigo dilucidando, porque las innovaciones son cada vez más rápidas y profundas y porque la elite tiene un enorme poder de adaptabilidad para el gatopardismo (que todo cambie para que nada cambie).

 

 

En Diseño Humano, es interesante que el Centro del Ego (que determina la supervivencia en el plano material; la obtención de metas a través de la fuerza de voluntad; el valor de lo que hacemos y del dinero y cómo lo ganamos; los vínculos como la familia y la comunidad) está definido solo en un tercio de la población.  Significa que estos temas son un aprendizaje (duro y largo usualmente) para la mayoría.  Una forma de obtener ese reconocimiento tan ansiado y las recompensas que obtendríamos es por medio del sacrificio: trabajar mucho por poco, hacer demasiado por los demás, dejar de ser uno por el bien del otro, sin descanso ni retribución adecuada.

 

¿Se logra?  Generalmente no.  ¿Por qué?  Porque si nos sacrificamos por algo o alguien, forzándonos a ser lo que no somos o a hacer lo que no deseamos, terminaremos infelices y vacíos, generando culpas y castigos.  La perfección inseparable a estas construcciones ilusorias hace que nadie esté satisfecho: el que las realiza porque nunca llega a su objetivo soñado, se desgasta, no saca su potencial, vive para los demás; y el que las recibe porque tiene culpa (casi siempre inconsciente, lo que es peor), no es libre, debe rendirse al otro y tampoco saca su potencial.  O sea, no le sirve a ninguno.

 

Ser lo que somos, expresar lo que sentimos, ser sinceros y abiertos, dar y recibir, tener conciencia de las dedicaciones, encontrar espacios de disfrute y diálogo, son mejores estrategias y aseguran que todos ofrezcan sus mejores cualidades y energías para el bien común.  Como dice Osho: “Cuida de tu felicidad, de tu descanso, de tu vida, y te sorprenderás de que, cuando te sientes feliz, ayudas a otros a sentirse felices. Porque entiendes, poco a poco, que, si los otros se sienten felices, tú te sentirás más feliz. La felicidad sólo puede existir en un océano de felicidad. No puede existir sola”.

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