
Frecuentemente, nos trenzamos en discusiones con otros y personalizamos tanto el conflicto que termina agravándose en lugar de solucionarse. “Porque tú hiciste esto”, “me dijiste aquello”, “tú no entiendes”: el tema gira en torno a lo que el otro dice, hace, puede o no, mientras nosotros permanecemos como los que tenemos la razón, las víctimas, los que reaccionamos pasivamente a las “maldades” del otro.
¿Cómo vamos a llegar a un acuerdo así? No hay forma. El Dedito Acusador no genera buenos resultados. En los grupos sucede algo parecido, al formarse bandos que se alían unos contra otros. ¿Y si argumentamos ideas, deseos, metas, sueños, sentimientos? En vez de concentrarnos en lo personal, podemos tratar de dilucidar qué sucede, cómo aportar, qué negociar, dónde queremos llegar, qué hay en común, qué soltar para un bien mayor, cómo madurar en lugar de aferrarnos a carencias infantiles, qué sanar en vez de seguir enfermándonos.
¿Y si hablamos de lo que queremos y sentimos nosotros, no en lo que pensamos que los demás quieren y sienten (que casi nunca es real)? Nuestra mirada siempre es subjetiva, anclada a nuestros parámetros; no sabemos lo que le pasa a los otros, así que mejor expresar la nuestra y escuchar la ajena (que nos puede enriquecer y expandir). Cambiemos nuestros modos para incluir, no para excluir.




