El ego como guardián de nuestra individualidad.

El ego, entendido como una integración armoniosa entre lo físico y lo mental, es el custodio de nuestra individualidad. Vinimos con determinados aprendizajes y con ciertos dones, que son originales y perfectos para esta encarnación y sus propósitos. 

 

Tenemos una relación amor/odio con el ego.  En el mundo “espiritual”, lo quieren destruir, anular, negar.  En el mundo “material”, lo entronizan, lo exaltan, lo miman.  Personalmente, creo que el ego es esta encarnación, es este cuerpo y esta personalidad que adopto en esta etapa, como una creación de mi alma.

 

Entonces, ¿por qué destruir lo que manifesté tan laboriosamente?  Por otro lado, ¿voy a pensar que es lo único que existe y lo dejaré que se descontrole hasta el caos, llenándome de sufrimiento?  Ninguna posición es útil a los efectos de lo que existe.  El ego, en principio, debe ser reeducado y me refiero básicamente a lo mental. 

 

El cuerpo ya sabe.  Tiene miles de años de evolución y consiguió su equilibrio, la homeostasis, a la que debemos agradecer cada día, teniendo en cuenta todo lo que hacemos para romperla con mala alimentación, sedentarismo y estrés.  En cambio, la mente todavía está en el  proceso de alcanzar alguna clase de armonía, a la que no contribuimos mucho con tantos estímulos distintos y ningún enfoque sano.

 

Uno de los grandes desafíos de estos tiempos es mantener la mente como un testigo objetivo, sin decisión sobre nuestra vida.  Puede parecer muy extraña esta afirmación, ya que la sociedad endiosa lo mental pero no nos enseña a manejarlo, por lo que dejamos entrar basura indiscriminadamente y luego luchamos contra los resultados pavorosos que provocan.

 

El cuerpo es nuestra brújula en medio de este caos, porque es el único que está presente, conectado a lo que verdaderamente sucede, tanto en el interior como en el exterior.  Para ello, debemos aprender a escucharlo y seguirlo como nuestra Autoridad Interna.  Esto implica confiar en él, algo que nos resulta difícil porque nos han hecho demonizarlo como lo “maléfico” de este mundo, mientras colonizan nuestros pensamientos.

 

 

El ego, entendido como una integración armoniosa entre lo físico y lo mental, es el custodio de nuestra individualidad. Vinimos con determinados aprendizajes y con ciertos dones, que son originales y perfectos para esta encarnación y sus propósitos.  El camino material no es malo, es uno más y contiene maravillas.  Tanto si renegamos de él o si lo convertimos en una búsqueda de dinero, nos equivocamos.

 

Esta unicidad que somos se conoce y se expande (al igual que el Universo) a través de las metas que nos proponemos.  Y no lo hacemos para conseguir prosperidad, fama, reconocimiento, amor, o lo que sea que pensemos: es para aprender a ser creadores responsables, a través de procesos de prueba y error, que nos muestran las consecuencias de manera (ahora) casi inmediata.

 

Por ello, el mejor proyecto que podemos tener es… ser nosotros mismos.  Conocernos y desafiarnos a nuestro mayor potencial, poniéndonos objetivos que nos enseñen más perseverancia, merecimiento, valor, compasión, fortaleza, autenticidad, paciencia, lo que sea.  De esta forma, estudiar una carrera, ganar más dinero, tener hijos, cualquier cosa se transforma en una meta llena de preciosos desafíos para expandirnos y así expandir la Creación, en base al Amor.

 

A medida que evolucionamos, entendemos que ese ego es solamente un instrumento y dejamos de subir y bajar con sus humores y problemas.  Maduramos, sanamos, nos desapegamos, comprendemos que la verdadera meta es la reconexión, es la conciencia, es la unidad.  Confiamos en el silencio de la Luz y fluimos como llamas eternas.

 

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