¿Recuerdas que hace unos nueve meses me corté un dedo a lo largo con una minipymer? ¡Yo tampoco! Resulta que, en los primeros tiempos, estaba preocupada porque me “tiraba” la cicatriz y no podía doblar el dedo. Hice kinesiología, me puse aceite de rosa mosqueta, lo moví y masajée… hasta que decidí que se sanara solo y que fuera lo que debía ser. Hace unos quince días, advierto mi dedo nuevamente y me doy cuenta de que está normal, que lo puedo estirar igual que a los otros. Mi “estrategia” volvió a funcionar: confiar en mi cuerpo. Me he enfermado de casi cualquier cosa desde bebé, no me he privado de nada a lo largo de los años, pero nada permaneció. Algunas desaparecieron y otras quedan con mínimos síntomas, que son manejables.
La enfermedad, para mí, es una experiencia de crecimiento. Aprendo mucho de ellas y, una vez transitadas, constituyen hitos en mi camino. En general, a raíz de solucionar los temas de base que la provocaron, tienden a disiparse. Algunas me llevaron (y me llevan) años y otras meses o semanas. Cuando tomo conciencia de la razón detrás de ellas, confío en que mi cuerpo sabe cómo resolverlas. Si lo observo en sus inicios, hablo con mis células para que detenga el proceso, le pido perdón y le prometo trabajar en las causas.
Esto es crucial, porque generalmente nos obsesionamos con los síntomas y los problemas, y así logramos perpetuarlos. Ya sabemos: crece aquello en lo que ponemos atención. Si está en las dificultades, ellas impedirán la sanación. Cuando el cuerpo está muy deteriorado, quizás no obtendremos la remisión pero sí ralentizar el avance o que los malestares sean menores o, por lo menos, al final lograremos una paz interior producto del aprendizaje.

Ahora, estamos asistiendo a un despliegue de los medios en relación al Coronavirus. Decenas de otras dolencias son más letales y conflictivas, pero no son tan fáciles de usar para el manejo como esta. No hay que ser conspiranoico para comprender que, cada tanto, alguna enfermedad (u otra situación) es la tapadera perfecta para lo que se necesite en el momento: el crecimiento desmesurado de algún país, la limpieza de algún político, el control de las élites globales y financieras, las consecuencias del capitalismo, lo que sea.
¿Qué podemos aprender de esto? En principio, la toma de conciencia de cómo somos manipulados constantemente y qué fácil resulta. El miedo es la principal arma y caemos sin darnos cuenta; no conviene creernos los superados y que no nos pasará, porque los circuitos neuronales del peligro son mucho más fuertes que cualquier idea, así que estemos atentos. Por otro lado, el miedo y el estrés provocan una baja en las defensas, por lo que estaremos más débiles si el virus circula cerca nuestro.
Este tiempo (que se volverá más caótico durante este año) es la gran prueba acerca de las ilusiones que sostenemos. ¿Somos tan “espirituales” y “despiertos” como creemos? ¿Es una construcción mental o está incorporada? ¿Soporta los desafíos o el ego vuelve a controlar todo con sus condicionamientos y decretos? ¿Mente y cuerpo están verdaderamente conectados a la guía del alma?
Me ha costado bastante encarnar, tiendo a vivir en los “mundos sutiles” y en las fantasías, y sigo haciendo un gran trabajo para estar aquí y ahora. Observo que muchas personas reniegan de existir en el planeta o en el físico, les pesa como una carga y lo detestan. No se puede hacer la diferencia y ser protagonista de este cambio enorme si no amamos la encarnación y la Madre Tierra. Aun si no tenemos grandes objetivos, desdeñar lo material solo hará que lo suframos. Por ejemplo, si es el cuerpo, a través de enfermedades y discapacidades; si es el dinero, no teniendo lo suficiente para vivir prósperamente o lograr las metas.
El Coronavirus es una confirmación de cuán poderosas son nuestras convicciones: si confiamos en nuestro cuerpo; en cuidarnos saludablemente para estar fuertes; en la alineación con nuestra alma y la Nueva Energía; en los procesos que debemos atravesar; en el camino individual y colectivo, desde una célula hasta el Universo. Confiar significa que vivimos presentes y conectados, creyendo que podremos con lo que se manifiesta. Estar preocupados es estar en el futuro, creando sin querer lo que pensamos sin cesar. Creemos lo mejor para nosotros y para todos, con alegría y verdad.




