Hace muchísimos años, fui de vacaciones con una amiga a una ciudad balnearia argentina, donde veraneaba la clase alta. Nos alojamos en un departamento de sus padres, que quedaba en las afueras, rodeado de pinos. Al final de la estadía, decidimos ir al centro; la primera noche, me sentí extraña, casi repelida, pero pensé que era porque habíamos estado alejadas de la gente; la segunda noche, eso se agudizó y me pregunté la razón. De golpe, comprendí: todos eran iguales.
Las mujeres iban peinadas idénticas (pelo lacio, rubio), olían al perfume de moda, usaban ropas parecidas, hablaban de lo mismo, al igual que los hombres. Lo que me sorprendió fue porqué me sentí de esa forma, si todo era “perfecto”. Y entonces hubo una segunda comprensión: la homogeneización. Cuando no hay variedad, cuando hay una imposición (cubierta o encubierta, consciente o inconsciente, franca o manipulada), es el infierno de lo igual.
Somos distintos. Aun en un ambiente parecido, poseemos características diferenciales. Pero, frente a la presión del grupo, las escondemos para ser aceptados por la tribu. Es tanta la coacción de las leyes comunitarias, que prometen excluirnos y dejar de apoyarnos si no las seguimos, que nos anulamos para pertenecer (palabra muy de onda en esos tiempos que relato). Pertenecer tiene sus privilegios… y sus prejuicios y perjuicios…

A veces, leo un llamamiento a volver a la tribu, en ciertos círculos espirituales. Me parece más una idealización de lo que nunca fue más que una realidad deseable. Estamos en los tiempos finales de un proceso tribal que duró 400 años y que nos brindó mucho, que configuró el mundo como lo vemos ahora. Así como tuvo muchos aciertos, esa homogeneización nos costó la individualidad. Creemos que no es así, porque nos juntamos en tribus menores, con sus propias reglas, pero nos cuesta ser diferentes.
Eso también lo observé en aquellos años juveniles. Tenía una aguda mirada sobre esa supuesta diferenciación y me resultaba fácil reconocerlos: todos se creían especiales porque pertenecían a un determinado grupo y abominaban a los otros, a los “comunes”. Sin embargo, dentro de cada grupejo, pensaban lo mismo, usaban la misma ropa, leían lo mismo, iban a los mismos lugares, reaccionaban igual. Era muy fácil saber cómo eran cuando identificaba su territorio.
Me aterraba eso. Siempre me resultaba horrible ser rotulada, marcada como el ganado con una determinada pertenencia. No me sentía de ningún lugar. Probaba todo y lo dejaba, una vez que había aprendido algo. En realidad, me probaba, me reconocía, me aprendía a mí misma. Con el tiempo, me di cuenta de que las personas “comunes”, esas que no llamaban la atención, solían ser las más especiales. Charlando con ellas, aparecía que habían pasado por experiencias muy ricas y que tenían formas de pensar originales. ¡Qué interesante!
Estamos entrando al tiempo de la individualización. El ego entiende esto como ser (y hacer) algo extraordinario, excepcional. En la era de los 15 minutos de fama, tenemos que ser reconocidos por la multitud, seguir el algoritmo de Instagram para tener más seguidores. Nada de eso es real. La Matrix tiene sus reglas, sus manipulaciones, la de una Tribu oscura. Nos sigue dando miedo ser distintos, en el sentido de ser nosotros mismos; por eso, nos camaleonizamos como diferentes, en los grupos de iguales. En el fondo, hacer ese viaje interno es solitario. Aunque nos ayuden, aunque estemos con otros, sigue siendo solitario. Es un camino de vuelta a la Luz, que es totalmente único, que no tiene recetas, sino aperturas y misterio. Y que es simple, en el sentido de que no conlleva marcas distintivas especiales. Es SER.




