En estos días, charlando con una paciente, recordé algo que sucedió en 1983. Habíamos dejado atrás oscuros años de dictadura y estábamos estrenando una democracia todavía en pañales. Después de la inmensa alegría de la toma de mando del nuevo presidente, esa emoción se fue difuminando; me sentía extraña, perdida, angustiada.
Se lo comenté a mi terapeuta y, aunque había algunos motivos personales, llegamos a la conclusión de que estaba relacionado con los cambios que estábamos atravesando. Meses después, leí en un diario que muchos psicólogos estaban recibiendo consultas similares: cuesta acostumbrase a la libertad.
Hasta ese momento, vivíamos con reglas muy claras; todos sabíamos (consciente o inconscientemente) qué se podía hacer y qué no, dónde ir y dónde no, con quiénes juntarse, qué música escuchar fuerte, qué decir en voz alta, etc. Las limitaciones estaban expresadas de una u otra forma y sabíamos a qué atenernos: era una cárcel virtual.
Al abrirse, la enorme cantidad de posibilidades nos impactó. Eramos libres de decidir quiénes ser, qué hacer, dónde ir, con quiénes estar, etc. En teoría, es maravilloso; en la práctica, es abrumador y atemorizante. Con un agregado: éramos responsables de nuestras decisiones; ya no había un gobierno a quién echarle las culpas por la falta de oportunidades.

Por eso, al comienzo, es necesario ponernos límites, porque ellos nos contienen, nos dan un marco, nos proveen una dirección y un objetivo. En realidad, nosotros vivimos en una experiencia de limitación: tenemos un cuerpo. Eso solo hace que no sean factibles TODAS las posibilidades sino algunas. La materialidad es una forma de aprendizaje basada en ciertos parámetros específicos: el tiempo, la gravedad, la distancia, la forma, etc.
En estos tiempos en que estamos espiritualizando la materia, muchas de esas pautas están siendo transformadas y, con ellas, las oportunidades se abren a nuevas probabilidades que nos dan miedo. Entonces, acariciamos nuestros barrotes y nos mentimos que no se puede, que somos poco, que pasamos por muchas cosas, que mejor no.
No le temamos a la libertad. Poco a poco, dejemos el drama y la victimización y hagámonos responsables de nuestras vidas. La Energía nos sustenta y guía.




