El reconocimiento buscado afuera no nos permite ser.

Una paciente, que esperó el reconocimiento de su padre siempre, me contaba algo crucial que se había dado cuenta al soltar esa exigencia: ella había cambiado su forma de ser para adaptarla a lo que él esperaba y, sin embargo, por más que se esforzaba, nunca lo conseguía.  Entonces, tenía dos problemas: no lograba el reconocimiento y no era ella.

 

Una paciente, que esperó el reconocimiento de su padre siempre, me contaba algo crucial que se había dado cuenta al soltar esa exigencia: ella había cambiado su forma de ser para adaptarla a lo que él esperaba y, sin embargo, por más que se esforzaba, nunca lo conseguía.  Entonces, tenía dos problemas: no lograba el reconocimiento y no era ella.

 

Lo paradójico es que solo puede alcanzarlo siendo ella misma.  En el hipotético caso de que lo hubiera obtenido, tampoco le serviría porque encontraría un vacío interno enorme, al no venir de sus propias cualidades sino de algo que fuerza ser o hacer para bien del otro. Es un círculo vicioso con un mal final.

 

Obviamente, le costó un tiempo hacer el duelo de esa necesidad infantil y hallar su propia identidad.  Lo que se está dando cuenta es que esas proyecciones que había soltado afuera, están regresando.  Es lo que sucede cuando despertamos.  Siendo ella “la buena, la sometida”, ahora se está encontrando con que no era tan así y que también había tenido comportamientos reprochables (la tiranía de la víctima).

 

De cualquier forma, es bastante común que alguien “bueno” sea “ultrajado” por los “malos”.  En la dualidad, si no reconocemos tanto nuestros aspectos positivos como negativos, los proyectaremos afuera y los atraeremos.  Es un mecanismo natural que busca que los reconozcamos para integrarnos, para aceptarnos en todos los aspectos.

 

“Para ser buenos, hay que ser malos” me gusta decir y no se trata de ser malvados o tener conductas perversas, sino de ser fuertes y poner los límites necesarios para preservarnos y cuidarnos.  En esta mala asociación de Bondad con debilidad o pasividad o permisividad, muchos terminan verdaderamente lastimados y no aprenden la importancia de pararse sobre sus propios pies y ser ellos mismos.

 

 

Otra mala idea es que se debe hacer esa labor en el exterior, con los demás.   Así, se la pasan discutiendo, demandando, peleando con todos, sin conseguir nada, en otro círculo vicioso con mal final.  Lo que no creamos en el interior, no logrará nada, sin importar cuánto tratemos.  El primer y único trabajo es con esas programaciones que traemos y/o nos han inculcado: reconocerlas y transformarlas en actitudes personales que hemos elegido, creyendo posible su concreción, es lo que hará que finalmente sucedan.

 

Los demás percibirán el cambio en el tono de voz, en la postura, en la energía, y se darán cuenta de que ahora ya el juego no es el mismo.  En todo sistema existe un statu quo.  Cuando alguien hace algo distinto, los demás deben adaptarse al nuevo estado.  Si hay amor suficiente, esto se va moviendo de manera que se crea una nueva interrelación, más sana e integrada.  Si no lo hay, será hora de salir o de tener un tipo de vínculo que no dañe ni ahogue.

 

Como habrás notado, esto nos está sucediendo a todos, de una forma u otra.  No hay escape.  Todo aquello que no vibre con los estados del alma será removido.  Poco a poco (o violentamente, si hace tiempo que nos resistimos), seremos movilizados para cumplir nuestro diseño, que es nuestra misión.  Paradójicamente, de nuevo, es mucho más sencillo ser nosotros mismos que ese monstruo tipo Frankenstein en que nos hemos convertido.  Comencemos a escuchar/nos.

 

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