“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. “Sin dolor, no hay ganancia”. Durante siglos, parece que la única posibilidad de estar orgulloso de nuestro trabajo ha sido sufrirlo, esforzarnos hasta reventar, verlo como un castigo. Todavía, este paradigma sigue vigente y los padres se lo repiten a sus hijos, que vienen con otro chip y no quieren escucharlo.
Y tienen razón. Viendo la estresada y agobiante vida de sus progenitores, cualquier apelación a la lucha (que es cruel y es mucha) para gratificar un supuesto resultado (consumista) no parece muy fascinante. A medida que pasa el tiempo, se suman las exigencias educativas, laborales y personales hasta resultar tan abrumadoras que lo invertido no recompensa lo ganado.
En esta sociedad, donde “más es mejor”, los efectos acumulativos de lo que sea termina siendo una carga física y psicológica difícil de llevar. Se lo hace mediante pastillas, cansancio, sonrisas impostadas, redes sociales falsas, metas mentirosas. Todo termina siendo un trabajo agotador, pero esperamos que valga la pena, porque nos dijeron que solo así tiene virtud.
“Lo que viene fácil, fácil se va”: si no nos sacrificamos, el Universo se encargará de quitárnoslo porque hay que sufrirlo. ¿Por qué debe ser así? ¿Acaso no podemos gozarlo, hacerlo fácil, fluir con él, ganar dinero con lo que amamos (o por lo menos con lo que nos gusta), usarlo como un medio para contribuir con nuestros dones y realizar nuestros aprendizajes, deleitarnos con el proceso y el resultado?

Tardé años en encontrar mi vocación y cómo canalizarla y, cuando lo hice, fue un éxtasis. Soy consciente de mi diseño y no me peleo con él. Decidí qué deseo y qué no, sin caer en los cantos de sirena de la sociedad. Gran parte de las frustraciones y hartazgos de estos tiempos reside en la tontería generalizada de: “Tú puedes ser y tener todo”. No es cierto. Esta es una experiencia en limitación y esta vida tiene sus condiciones: podemos evolucionar inmensamente dentro de ellas.
El trabajo es uno de esos tópicos en los que se impulsa a más y más, para tener más y más (a costa de más y más enfermedades físicas y mentales). Desde hace tiempo, todos deben ser emprendedores, como si fuera fácil y cualquiera tuviera los requisitos para serlo. Así que muchos se lanzan por ello: el resultado es que solo el 10% sobrevive después del segundo año.
¿Por qué todavía seguimos modelos sociales sin preguntarnos qué queremos y cómo conseguirlo? Supongo que es más cómodo. Sería más efectivo hacernos esas preguntas esenciales y llevarlas a la realidad. Quizás, no sea glamoroso ni importante ni salvador, pero sacaría las cualidades y recursos que sí poseemos, lo que nos traería la satisfacción y la paz que anhelamos.
Sea dónde sea y cómo sea, siempre somos nosotros. Cuanto más conscientes estemos de nuestra individualidad, más atraeremos condiciones en las cuales desarrollarnos mejor. Dejarnos en manos de las demandas del afuera, nos aleja de nuestro poder. Ya traemos un diseño que tiene sus dones y sus aprendizajes. Vivirlo es nuestra decisión.




