¿Es cierto que el amor construye y el odio destruye?

Entonces, ¿no será que no sabemos amar?  Quizás, no confiamos que el amor sea lo suficientemente fuerte y constructivo y elegimos el odio en cuanto nos sentimos débiles.

 

Escuché esta afirmación y me llevó a reflexionar.  A priori, sería verdad, pero resulta que el tema es más complejo que una linda foto para subir a Facebook.  El mundo (y cada uno de nosotros) ha conocido mucho dolor surgido del amor y mucha transformación surgida del odio.

 

Las guerras son un ejemplo de esto último: cada una ha movilizado ingentes cantidades de energía y dinero, una creatividad desbordante para concebir artefactos destructivos (que luego se han aplicado a productos cotidianos), una unión nacional sin precedentes, una emocionalidad entusiasta y resiliente.

 

Como humanidad, apostamos a la lucha, a la conquista, al odio para hacer cambios, conseguir lo que queremos, imponernos.  Incluso a nivel individual, nos moviliza más la ira que la amabilidad cuando deseamos algo y nos resulta muy difícil contenernos si nos sentimos menos o no tenidos en cuenta.

 

En el otro lado, el amor ha provocado toda clase de desgracias: celos, abusos, victimizaciones, muertes, explotaciones, injusticias.  Tanto como puede sacar lo mejor de nosotros, también puede hacer brotar nuestras debilidades e inseguridades, usándolas como excusas contra el otro.  El apego nos convierte de seres amables a ruines de un momento a otro.

 

 

Entonces, ¿no será que no sabemos amar?  Quizás, no confiamos que el amor sea lo suficientemente fuerte y constructivo y elegimos el odio en cuanto nos sentimos débiles.  Quizás, no aceptamos la multiplicidad de personajes, de facetas que somos y nos peleamos internamente tanto que lo llevamos afuera, proyectando.  ¿Somos ángeles o demonios?

 

Esto me lleva a repensar otra frase: “Dios es amor”.  Hay tantas concepciones de Él a lo largo del tiempo y los lugares que es imposible ponerlas de acuerdo.  Pero, ¿no debiera ser Todo, todo lo creado?  Esto incluiría lo malo también.  ¿O ello es producto de la Dualidad, de la falta de Unidad que se atribuye a Dios?  Cuando  oscilamos de un extremo al otro, ¿no estamos sujetos a lo Fenoménico (a la apariencia, a la manifestación) en lugar de a lo Esencial?  ¿Y esto no sería parte del aprendizaje?

 

Cuando rechazamos algo (el cuerpo, lo malo, al otro), nos estamos rechazando, porque Todos Somos Uno.  Entonces, experimentamos la Separación.  Nos conocemos a través de ella (somos esto en lugar de aquello), pero también nos alienamos al refutar lo distinto.  ¿Llamamos Odio a esa Separación y Amor a la Unidad?

 

No tengo respuestas o tengo algunas que van cambiando con el tiempo.  Lo que sé es cómo se siente uno y otro.  Es maravilloso tener un cuerpo que me brinda esa experiencia: el odio me colapsa, cierra, restringe, aparta, quema; el amor me abre, expande, suaviza, aproxima, une, calma, entusiasma.  Uno me asocia al malestar y el otro al bienestar.  Entre medio, está el Ego.  Cuando entienda que es un instrumento para experimentar estos estados, mi Alma tomará la guía y seré un instrumento de la Unidad. 

 

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