
Una forma de desactivar al ego es conocerlo. Vivimos en automático y no tomamos conciencia de nuestros modelos mentales, los propios y los heredados.

Expresar nuestros pensamientos y emociones nos permite darnos cuenta de cómo ellos nos influyen, porque la mente es un caos que pasa de una cosa a la otra y no fija nada. Cuando escribimos, le damos forma y es posible comprenderla.

No necesariamente tienes que sentarte durante un rato (cosa que sería maravilloso), también pueden ser notas que se te ocurren de pronto, palabras aisladas, dibujos, imágenes que pegas porque significan algo, lo que sea que aliente tu creatividad.

Si te sientes confundido, ansioso, luchando contigo mismo, una manera de liberarlo es, como yo le llamo finamente, “el vómito”: escribe todo lo que se te ocurre, sin orden ni elección ni sintaxis, solo lo que aparece, una cosa tras otra, así como la mente trabaja.

Una vez soltado, déjalo; puedes hacerlo en varios momentos. Al cabo de unos días, léelo, subraya lo que te parece importante o te llama la atención, encuentra los mandatos, los modelos, las repeticiones, las maneras en que te menosprecias, niegas, culpas, castigas, etc.

Y escribe lo que deseas, con detalles, los cambios, crea un mundo distinto y cómo lo vas logrando, felicitándote por cada paso. Hay tres niveles de creación: el pensamiento, la palabra y el acto. Los tres son importantes, pero el último es fundamental, porque estamos en una dimensión material: si no pasas a la acción, nada sucederá.