“¡Tanto tratar de hacer lo contrario de mi mamá y terminé como ella!”, me dijo sorprendida una consultante. “Era previsible que eso sucediera”, le contesté. Me miró más asombrada; entonces le pedí que se parara, que pusiera sus manos contra las mías y las empujé; ella presionó más fuerte y yo también hasta que la saqué del lugar. Esa es la regla: cuanto más rechazamos algo, más lo atraemos, más atados estamos a ello.
Una de las razones es que, como le pasó a mi paciente, lo hacemos el foco de nuestras decisiones y así le damos energía y atención. Si su madre criticaba a los demás, ella elogiaba; si era violenta y dañina, ella sumisa y buena; si se victimizaba, ella súper responsable. Al final, terminó enojándose y culpando a todos porque no le retribuían tanta bondad.
No se trata de hacer lo contrario sino de observar lo que ese comportamiento produce en los demás y buscar nuestra propia manera de gestionarlo. Por ejemplo, si el otro es nocivo, no hay que ser “bueno”, porque eso genera un único comportamiento que no permite el aprendizaje de cuál es nuestra personal forma de ser cordial, poniendo los límites necesarios.
Estar en contra solamente nos pone en el mismo lugar del otro (la otra cara de la misma moneda) y no nos deja encontrarnos, saber qué queremos, centrarnos en nuestro deseo y posibilidades (ser otra moneda, con las dos caras). Terminamos siendo prisioneros de lo que evitamos. Y no sucede con personas nada más; podemos hacerlo con sistemas o grupos a los que rechazamos, para terminar perdiendo los posibles beneficios que ellos nos darían. O con buenos consejos o ventajas que nos proveerían individuos que no nos gustan. El irnos a los extremos (ellos son los malos, nosotros los buenos) es ilusorio e incorrecto. En la dualidad, hay de todo en todos. ¿Qué podemos tomar y aprender o compartir?

Sucede asimismo con las emociones o actitudes. Si tememos algo, lo convocaremos. Si tenemos miedo de hacer el ridículo, probablemente provoquemos algún incidente en que quedemos expuestos; si no queremos que se note la ansiedad, seguramente transpiremos y balbuceemos tanto tratando de ocultarlo, que se haga evidente.
Cuanto más huimos de algo, más nos persigue, no como un castigo sino como una oportunidad. Nuestra alma desea resolverlo, así que nos presenta las situaciones para que nos enfrentemos a ellas y nos demos cuenta de que podemos. Evadir o rechazar solo agranda y profundiza el problema. Y la mente no ayuda…
Dejamos que siga repitiendo la constante letanía de cuán estúpidos, inútiles, inadecuados, miedosos, y demás linduras somos. ¿Cuándo aprenderemos a frenarla? No nos enseñaron a pensar lo que nos conviene, a apoyar lo que el cuerpo y el alma deciden, a aceptarnos y halagarnos.
Por eso, la próxima vez que queramos decidir en contra de algo o alguien, tomemos una respiración, centrémonos, sintamos el cuerpo, preguntémonos qué deseamos nosotros, qué es lo mejor para nuestra vida. Y, cuando la mente comience con sus consabidos juicios y alternativas, detengámosla y afirmemos nuestras posibilidades. “Yo soy inteligente, yo puedo, yo encuentro mi camino, yo aprendo de mis errores y lo hago cada vez mejor”. “Yo soy Uno con Todo Lo Que Es, yo soy divinamente guiado y protegido”.




