
Tanto en lo concerniente a trabajos, roles, estados de ánimo, y muchas cosas más tendemos a ponernos una etiqueta que nos describe. Esto nos da una cierta seguridad, una supuesta identidad, pero también nos puede limitar mucho.
Somos determinados roles (hijo, hermano, padre, primo), somos alguna actividad (empleado, mecánico, coleccionista de estampillas, actor vocacional), somos estados de ánimo (alegre, melancólico, iracundo), somos pasado (estudiante, casado, alcohólico), cada vez que involucramos un “Yo soy”, en realidad, aparece una parte de la multitud que somos.
Cuando nos centramos en algunos y le damos el total protagonismo, les quitamos energía a otros que pueden ser más necesarios o brindarnos mejores oportunidades. Esto es muy evidente con los más negativos (triste, fracasado, inseguro), pero también con los comunes (madre, emprendedor, hacedor) y los del pasado (drogadicto, abusado, abandonado).
Obviamente, no podemos ser todos todo el tiempo, pero ampliar las posibilidades, dejar atrás los que ya cumplieron su ciclo, dejarnos ser más fluidamente, permitir que surjan mejores versiones nos puede brindar una vida más completa y satisfactoria.




