
Estamos en una cultura que nos exige toda clase de cosas, en cualquier nivel, como nunca antes. No nos damos cuenta de este paradigma porque estamos en él y nos parece “normal”, pero se vive corriendo continuamente, sumando actividades, bombardeados por información, publicidades, reclamos, modelos sociales, etc.
En esta época de pandemia, esto continúa y, a veces, se incrementa. Es una locura. Por un lado, nuestro cuerpo, nuestro instinto está demandado por el miedo a la supervivencia frente al Covid19 (y a las otras enfermedades existentes o posibles), sino que debe estar alerta a los contagios, a los potenciales peligros, a las medidas precautorias, etc.
Nuestras emociones están inestables y sin contención. No vemos a las personas referentes, no hay abrazos ni contacto nutritivo. El paisaje cotidiano se ve alterado y nuestros sentimientos no modulan la realidad.
La mente se dispara en ansiedades inútiles y se atiborra de noticias que no ayudan. Se le requiere más atención, más creatividad, más recursos para sobrevivir, justo cuando menos equilibrio y menos apoyo tiene.
Seguir en estos patrones de exigencia es la receta segura para quebrar la poca salud física y psicológica de muchos. Sumado a todo esto, estamos atravesando una mutación jamás vivida, la que también consume energía y atención. Seamos amables con nosotros mismos y con los demás. Dejemos de demandarnos y pretender que está todo bien, porque no lo está.
No sabemos cuándo terminará ni cómo. Es necesario aprender a vivir con la incertidumbre que siempre nos acompaña y hemos creído superar con esta Sociedad del Ego. Reeduquemos la mente, confiemos, vivamos en el presente, siendo conscientes de nuestros recursos, habilidades y alternativas. Apoyémonos unos a otros, en lugar de luchar contra todo, exigiendo lo imposible.




