Charlando con una paciente, menciona la palabra “habitar” en medio de un relato acerca de problemas reiterados. Gran parte de él es sobre actitudes repetitivas que generan siempre las mismas consecuencias, pero con las que sigue insistiendo como si, al hacerlas con más empeño, funcionarían alguna vez. Retomando su término, le digo: “Habitas una casa vieja y crees que, con pequeños retoques y con mucha lucha, lograrás que no se caiga”.
La mala noticia es que se derrumbará igual. En estos momentos, todos estamos manteniendo estructuras antiguas (algunos muchas y otros pocas), en la creencia de que podremos conseguir que sigan de pie. Las conocemos, nos han dado seguridad o algún beneficio, se sienten pesadas pero todavía nos aferramos por miedo a lo nuevo o al cambio.
Tengo un largo historial de sostener lo insostenible. Siendo una pionera (y una hereje), me daba cuenta de lo que ya no tenía sustento, de lo que debía ser mejorado o directamente transformado, y lo experimentaba con mi vida. Yo era el banco de Prueba y Error de lo por venir. Al principio, me sujetaba con uñas y dientes a personas y situaciones que ya no daban para más. El enorme esfuerzo que hacía no servía de nada: se terminaban igual.
Con el tiempo, comencé a ser más sensible a cuándo algo se iba cerrando y aprendí a soltarlo a tiempo. Me resultó muy liberador. En estos últimos años, observo dos cosas que me parecen maravillosas: una es que las cosas caen sin hacer ruido; con esto quiero decir que, si hacemos nuestra labor interna, se finaliza sin dramas y con beneficio para todos. La otra es que hay una rapidez impresionante; antes, la energía era tan densa que se tardaba mucho en conseguir algún cambio, mientras ahora es fácil y dinámico.

Esto está relacionado con dejar de habitar la “casa vieja”, o sea los condicionamientos familiares y sociales, las victimizaciones de los cuentos repetitivos acerca de lo que nos hicieron o hicimos, las culpas y castigos inútiles, la desvalorización y la ignorancia de nuestro potencial, las actitudes infantiles sostenidas como dogmas condenatorios; en definitiva, nuestro Yo biográfico. Tenemos que habitar una “casa nueva”.
Esto es una creación. E implica un reconocimiento de lo que verdaderamente somos, de lo que hemos traído de Individual y único para aportar al mundo. Si no construimos un marco mental distinto, que realce nuestra contribución, caeremos en el antiguo. Si no salimos de la tiranía de la Matrix, basada en el sufrimiento, el miedo y la lucha, volveremos una y otra vez a esclavizarnos con sus dictados. Debemos movilizar la Luz de la Conciencia hacia nuevos caminos.
No es tiempo de revoluciones (el sistema ya se encargó de neutralizar cualquier intento). Es tiempo de evoluciones. Es Individual. Y la mayor de todas es ser feliz. No porque “tenemos” de todo, sino porque “somos” Todo. No desde una idealización egoica, sino desde una realidad integrada de cuerpo, mente y alma. No desde parámetros exigentes y perfeccionistas, sino desde la imperfección de ser humanos divinos. Te acompaño.




