Usamos al otro de pantalla, de forma inconsciente.

 

Hay muchas cosas que hacemos por los demás que, en el fondo, son porque queremos recibir lo mismo.  O deseamos realizarlas nosotros y, como no podemos, se las exigimos al otro.  Lo usamos de pantalla, de forma inconsciente.

 

La ayuda es lo más usual; dejamos todo para asistir al otro (porque además nos saca de lo nuestro, que es molesto o rutinario o indeseado).  El consuelo va  por ese camino: lo confortamos porque nos sentimos débiles y parecemos seguros al animarlo.  Es el mismo juego, ya que nos da una sensación de fortaleza y poder, a la vez que esperamos que nos asistan a nosotros como retorno.

 

En esa impotencia interior, podemos demandarle al otro que haga lo que no nos atrevemos: discutir con alguien, solicitar derechos, pedir aumentos, etc.  Cuando el otro no lo hace, podemos denigrarlo hasta el hartazgo y sentirnos mejores.

 

Estos juegos del ego deben ser concientizados.  Muchas veces, no somos tan buenos ni tan inocentes como pensamos.  Lo único que se perpetúa aquí es el engaño, la debilidad, la falta de madurez y responsabilidad de todos los involucrados.

 

De esta forma, nadie crece ni hace su proceso; es una cadena de impotencias que persisten, sin movilizar recursos y herramientas disponibles. Tenemos más poder y oportunidades de las que creemos y es hora de sacarlas a la luz para el bien de todos.

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