La cantidad es del ego, la calidad es del Ser.

A medida que vamos despertando de los sueños vanos del ego, la interioridad gana terreno y nos hacemos conscientes que no queremos más del afuera sino explorar un mundo que no conocíamos: nosotros mismos. 

 

Hace unos días, charlaba con un amigo acerca de lo que queríamos para el futuro y coincidíamos en que no se trataba de cantidad de cosas sino de una calidad en la forma de vida.  Si bien esto tiene que ver con la edad que ambos tenemos (ya superamos la lista de “tengo que” de la juventud), creo que es un anhelo que muchas personas están teniendo y quizás no se dan cuenta.

 

En una sociedad totalmente regida por el ego, el número es importante.  Al ser carente por naturaleza, el ego busca compensar sus fallas y necesidades con un sinfín de objetos, situaciones, personas y emociones que le den la seguridad que no tiene.  Por lo tanto, cree en la acumulación, en la enormidad, en la importancia externa de las cosas: cuanto más, mejor; cuanto más grande, aun mejor.  Así nos va, esquilmando a la Naturaleza a costa de nuestro bienestar futuro.

 

A medida que vamos despertando de los sueños vanos del ego, la interioridad gana terreno y nos hacemos conscientes que no queremos más del afuera sino explorar un mundo que no conocíamos: nosotros mismos.  Obnubilados por las metas que la sociedad impone, corrimos incesantemente para lograrlas, sin preguntarnos si realmente las queríamos, si esa era la forma, si nos perdíamos algo esencial.  Y sí: nos abandonábamos a nosotros.

 

Conocernos verdaderamente y vivir de acuerdo a esa realidad se torna entonces en el propósito que vivifica nuestra existencia.   Esta búsqueda comienza como un enamoramiento: todo es maravilloso, somos seres de luz, debemos compartir la buena nueva con los demás para que se conviertan también.  Luego, la sombra se hace presente y ya no es tan atractivo; aparecen los esqueletos en el ropero y tenemos que trabajar efectivamente.  Después, comienza el amor, la madurez, la verdad.

 

 

En este punto, en este mundo caótico, ello no está exento de miedos, desesperación, futilidad.  Estamos en el inicio de algo nuevo y este terreno de nadie que estamos transitando es atemorizante y pesado.  Enfrentar esas emociones, sin anestesias ni justificaciones, es un regalo que nos hacemos y le hacemos al mundo.  Todos Somos Uno y lo que logramos pasa al legado común.  Cuanto más encarnados estamos, más luz contenemos.  Esta no es una espiritualidad volada, fantasiosa ni de clichés de libro: es corporal, cotidiana, real.

 

Entonces, aparece el tema de la calidad: ¿cómo queremos vivir, en qué entorno y condiciones, con quiénes, haciendo qué, ganando cuánto, compartiendo qué valores; lo que implica liberando cuál potencial, expresando cuáles dones que trajimos?  Esa profundidad solo es posible si estamos enraizados en quién verdaderamente somos, no en lo que tomamos de la familia y la sociedad a ciegas, sin cuestionamientos ni revelaciones.

 

Es un tiempo interesante.  Tomé este término hace décadas, cuando estaba haciendo la transición del condicionamiento a mi verdad.  Como veía todo negativo y malo en mi persona y en el mundo, comencé a buscar una palabra que fuera neutra y me impulsara a continuar y ella apareció.  Puedes usarla, te la presto,  🙂   Cuando el hartazgo, el cansancio, la desesperación te invadan, dite: “Es interesante esta situación, voy a buscar el potencial luminoso que trae (en ella y en mí)”.  Te aseguro que surgirá.  Te acompaño.

 

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