
Cada vez más, leo estudios que explican el daño de la enorme dispersión que existe en la sociedad. Jamás, ha habido tanta información y tanta desinformación. Se siguen cantidad de blogs o páginas (que tienen la misma tendencia) y nos bombardean de todos lados por más. Internet, que parecía que iba a ampliar los intereses de las personas, terminó creando nichos de mercado cada vez más excluyentes.
Hay muchísima variedad, dentro de lo mismo, y se está tan apurado, que raramente se llega al final si el artículo es largo. ¡Hay tanto! Para leer, para comprar, para saber, para explorar. La mente divaga entre tantas propuestas; como no tiene que concretar nada, solo demanda más y más. Y se lo damos y queremos hacer todo… pero hay solo un cuerpo y es limitado, al igual que el tiempo.
En esta era del multitasking, se está descubriendo que el cerebro no lo es (¡vaya sorpresa incómoda!). Cuando lo llenamos de variables, se estresa. No puede con este supermercado de ofertas continuas y la ansiedad se dispara a niveles intolerables. Como no se sabe poner límites, los días se transforman en un carrusel de corridas hacia la nada, porque no hay propósito ni sentido en realidad.
Por eso, la importancia de enfocar. Cuando ponemos foco en lo que deseamos lograr o en las actitudes que queremos promover o en las relaciones que nos nutren, nos resulta claro dónde dirigirnos, qué dejar de lado, cómo priorizar, qué nos hace bien. Los cantos de sirena se desoyen y no nos estrellamos; respiramos y nos centramos en lo que nos da bienestar, serenidad, realización, contenido.




