
Tendemos a considerar “negativas” a ciertas emociones, como el enojo o la tristeza. Cada una tiene su propósito. En el caso de la primera, ayuda a poner límites y a canalizar la frustración. Si no nos enojamos, aceptaremos pasivamente que el otro nos manipule o nos considere tan “buenos” que accederemos a sus demandas continuamente. En estos tiempos, hay otra función: terminar con actitudes y karmas que nos dañan y que deben ser reemplazados por otros más plenos y amorosos.
Lo difícil es poder usar esta enorme y palpitante energía sin ser usados por ella. Cuando es inconsciente y dirigida hacia los demás, victimizándonos, no es útil; solo provee descarga momentánea para volver a lo mismo al poco tiempo. Cuando nos permitimos sentirla conscientemente, comprendiendo que busca una salida apropiada para sanar y liberar patrones enfermos, podemos utilizarla en su magnífica fuerza.
Siempre, el enojo es una protección, no una defensa solamente. Cuida nuestros más frágiles y suaves sentimientos y nuestras heridas profundas. Usar la ira para ayudar a fortalecernos y a encontrar nuestro camino individual es poderoso.




