Una paciente rechazaba cualquier intento de acercamiento a su pareja con el argumento de que él estaba totalmente cerrado a cualquier cambio. En principio, se hizo evidente que ella era la que obstaculizaba esa posible renovación por sus propios prejuicios y temores, pero más profundamente el problema era una desilusión con la imagen que tenía de él.
Ya que solo alimentaba sus aspectos negativos, le pregunté cuáles eran los positivos, qué seguía amando de él. Me enumeró unos cuantos (que fue rescatando en el último tiempo) y luego comenzó a hablar de los primeros años de la relación, que fueron muy buenos. “Ya no son los que eran, ninguno de los dos”, le dije. Y se sorprendió y después se entristeció, pero era la verdad.
Lo bueno de la verdad es que es irrebatible pero nos habilita una solución; de lo contrario, seguimos mintiéndonos para sostener una ilusión, que nunca será posible. Ella seguía manteniendo las vivencias de esos años y enojándose porque no estaban sucediendo ahora, porque él no reaccionaba como antes, no había enfrentado sus miedos, estaba enfermo, no quería escucharla (aclaro que este mecanismo lo hacemos con cualquier conexión: con nosotros mismos, con los demás, con el trabajo, con el dinero, etc.).
Sin darnos cuenta, al principio de toda relación, establecemos una idealización del otro y del vínculo y un pacto tácito de cómo ella será. A lo largo del tiempo, vamos cambiando y van transcurriendo distintas cosas, además de que se manifiesta la irrealidad de esa abstracción: el otro contiene muchas más aristas de las que quisimos ver y, para colmo, algunas de ellas nos reflejan las que no deseamos aceptar de nosotros mismos. También surgen las proyecciones que le depositamos: me salvará, me protegerá de los miedos, me completará, estará para siempre y para todo, hará desaparecer la soledad o la desvalorización o lo que sea…

Así que nos dedicamos a demandar todo eso y más, que no hay que andar con chiquitas. El otro hace lo mismo, por supuesto. Y nos comenzamos a defender, a resistir, a cerrar, porque no queremos esos reclamos, porque deseamos ser libres para ser nosotros mismos. Pero pasan los años y las luchas y nos perdemos en lo volátil de la vida cotidiana, en la actividad frenética, en los problemas diarios, hasta que lo que estaba sumergido (pero mostrando sus burbujas continuamente) finalmente emerge explosivamente.
Es un buen tiempo. Es tiempo de liberar el pasado con sus expectativas frustradas, de hacer el duelo por ellas, de reconocer los logros y avances, de perdonar y perdonarnos, de aceptar lo que hay en este momento. De pararnos digna y sencillamente en lo que somos, explorando amorosamente más aspectos y niveles disponibles. De mirar al futuro con confianza, proponiéndonos metas acordes a esta realidad y a lo que deseamos construir. De establecer nuevos pactos, coherentes con quienes somos y lo que podemos ahora.
Es un buen tiempo. Es tiempo de conciencia. La Energía avala, guía, protege todo lo que signifique una transformación verdadera hacia la conexión con nuestra Alma y con Todo Lo Que Es. Aprovechemos esta luminosa oportunidad de hacerlo sin tanto drama ni sufrimiento. Entreguémoslos al fuego del Espíritu y confiemos en que el camino nos llevará hacia lo que siempre anhelamos: Ser.




