
Hace mucho tiempo, la mente se convirtió en el parámetro más importante de nuestras vidas: “Pienso, luego existo”. Desde allí, le hemos dado todo el poder, sin advertir que esa mente está condicionada por la familia y la sociedad y que muchas veces no representa quiénes somos verdaderamente.
Por eso, la constante apelación a que creemos desde la mente es bastante inútil en la mayoría de los casos. Los objetivos que nos ponemos son dictados por el medio en el que existimos y bombardeados por nuestras dudas y temores. Primero, tendríamos que tener claridad acerca de qué deseamos desde lo más profundo de nosotros.
Luego, ese enfoque mental debe ser sostenido por las emociones. Es necesario sentir lo que queremos lograr como si ya lo tuviéramos. Esto es lo más difícil: vibrando miedo, insatisfacción, resentimiento, enojo, tristeza, envidia, alejamos lo que deseamos. Imaginemos que ya lo obtuvimos y sintámonos así: agradecidos, alegres, motivados, creativos, solidarios, prósperos, acompañados, etc.
La mente es una construcción. Estemos seguros de que es nuestra y no de los demás y que nutre sentimientos que nos elevan y expanden.




