Desde hace un tiempo, con la pandemia, el tema de la muerte es omnipresente, ya sea inconsciente, metafórica o explícitamente. Y está bueno poder hablarlo, sacarlo afuera, reflexionarlo, sentirlo, porque lo rechazamos continuamente y eso solo genera una presión enorme, que buscamos soltar haciendo, corriendo, escondiéndola bajo la brillante superficie de las cosas cotidianas.
Solo hay una seguridad en esta vida: moriremos. Y no importa el dinero, el status, los estudios, la familia, la edad, el trabajo, nadie se librará de ella. Tan claro como resulta leerlo es tan negado por todos. Aunque está en las estadísticas diarias y repetitivas de los medios, tenemos dos actitudes: o nos obsesionamos o nos negamos a pensar realmente en ella, salvo cuando le toca a alguien cercano y nos mueve las estructuras tan aparentemente sólidas. Aun así, pocos toman ese regalo de los que se fueron y se replantean cómo viven y cómo amigarse con la muerte.
De eso se trata: en lugar de considerarla una enemiga contra quien luchar constantemente, puede ser una amiga que nos recuerda la importancia de nuestra existencia y de qué aportamos y qué recibimos, qué aprendemos y qué enseñamos, qué dejamos y qué tomamos. La respiración, lo primero y lo último que hacemos, es una buena metáfora de esto y una gran delatora de cuan conectados a la vida estamos: ¿tomamos en la misma medida que damos?, ¿nos abrimos a lo que la Vida trae o nos cerramos, recelosos?, ¿abrimos ávidamente y soltamos con presión?, etc.
En algunos momentos, nos hemos quedado sin aire y jadeamos desesperadamente para conseguirlo… y lo logramos. ¿Será siempre así? No, tendremos una última respiración. Huir atormentados de esta idea, como si pudiéramos salvarnos alguna vez (¡recuérdalo!, si no es hoy será mañana), es una falacia, pero lo intentamos (¡y cómo!). Cuando alguna situación nos acerca a la posibilidad, sería mejor utilizarla para poner nuestra vida en perspectiva, valorarla, rectificar, sanar, estar acompañados, abrirnos, aceptar, amar/nos. Si seguimos, habremos aprendido una mejor forma de vivir.

Tengo una posición en este asunto: morimos cuando debemos, no cuando queremos o pensamos. Tenemos un tiempo en esta encarnación y eso lo decide nuestra Alma; puede ser nueve meses, nueve años o nueve décadas. Cada uno tiene sus lecciones y, muchas veces, son para los que quedan, sobre todo si es poco tiempo. Enormes transformaciones y grandes ayudas han nacido de personas que tomaron ese dolor y lo fecundaron con sus aprendizajes.
Vivimos muchísimas muertes a lo largo de nuestra existencia: cada día se acaba, las células se renuevan cada siete años, muchas relaciones y trabajos terminan, algunos sueños se desvanecen sin hacerse realidad y algunas realidades solo fueron sueños. Hemos atravesado tantos finales que ni los recordamos y constituyen buenas lecciones acerca de cómo tomar el Gran Final.
Otros aceptan la muerte, pero temen llegar a ella a través de una enfermedad invalidante, dolorosa o terrible. Si ponemos atención a ello, posiblemente sucederá, porque lo estamos creando con nuestro miedo. Para comenzar, tengamos una muerte que sea la conclusión natural de una vida plena, consciente y amorosa. Hace mucho, creo que mi final será una elección, la terminación sencilla de una existencia que ya dio todo lo que podía y se prepara a continuar desde otra dimensión. ¿Qué crees tú? Aprende a dejar de huir y temer: vive.




