La soledad necesaria para reconstruirnos y conectar.

Las elecciones que la mente hace generalmente no son avaladas por él, porque parten de “deberías” grupales y no de lo que puede llevar a cabo.  Esa falta de escucha de lo que la propia energía está dispuesta o no a realizar es lo que conduce a tomar actividades que no son compatibles con lo que es el camino correcto, por lo que se sigue por rutas alternas que nos sacan del propio.

 

Desde hace bastante, un comentario común entre pacientes y conocidos es que están mucho más recluidos, que se sienten incómodos en multitudes o con personas con las que antes estaban normalmente (incluidos parientes).  Siendo sociables, esa conducta les parece extraña y algunos hasta se sienten culpables.

 

Es un signo de los tiempos: necesitamos estar a solas para conocernos realmente y definir hacia dónde queremos ir y cómo.  Justamente, esa condición de ser sociales a muchos los hace gregarios (terminan cayendo bajo la presión de los demás y siendo o haciendo lo que la mayoría quiere).  Con el tiempo, esta conducta que nació en la familia y continuó en los diversos grupos se hace insoportable, ya que ahoga la propia individualidad, con el agravante de que se carga con los problemas de otros.

 

Desde niños, nos enseñan a conformar a los demás, a caerles bien, a no molestar, a seguir lo que el conjunto decide.  Durante mucho tiempo, esto nos hace sentir bien porque formamos parte de una comunidad y ese intercambio y apoyo es atractivo y reparador.  A medida que crecemos, se suman las asociaciones y también los requerimientos de cada una, junto con el tiempo y las tareas que demandan. 

 

Una frase repetida es: “¿Y qué me cuesta un poco más?”.  Cuesta mucho a la larga.  La carga física, emocional y mental que se acumula es una mochila que va pesando toneladas con el tiempo y que se debe soportar con una sonrisa y con orgullo.  No es raro escuchar personas que enumeran la cantidad de cosas que deben realizar en el día (para sí y para otros) con un tono de: “¡Miren todo lo que puedo hacer!”.

 

 

El estrés se comienza a instalar, pero se sigue adelante, presionando la capacidad de recuperación del cuerpo, con la mente llena de exigencias y culpas.  Y es el cuerpo el que detiene, el que dice ¡Basta!  Está harto de no descansar; de aguantar cualquier cosa; de llenarse de pastillas para seguir a pesar de las enfermedades, los dolores, la ansiedad y el agobio; de tener que mostrarse maravilloso a pesar de los pesos instalados, aunque hayan sido elegidos en un momento.

 

El cuerpo es la gran clave de este proceso.  Las elecciones que la mente hace generalmente no son avaladas por él, porque parten de “deberías” grupales y no de lo que puede llevar a cabo.  Esa falta de escucha de lo que la propia energía está dispuesta o no a realizar es lo que conduce a tomar actividades que no son compatibles con lo que es el camino correcto, por lo que se sigue por rutas alternas que nos sacan del propio (para saber más acerca de cómo conocer la estrategia de tu Tipo de personalidad, entra aquí; aprovecha el descuento de agosto).

 

Cuando las consecuencias de esta actitud explotan, tenemos enfermedades, accidentes y/o “burnout” (una pérdida total de energía e interés y una incapacidad para funcionar de manera efectiva, experimentada como resultado de una demanda excesiva de los propios recursos o un exceso de trabajo crónico).  Generalmente, es el comienzo de esta fase de soledad, de retraimiento, de sordera hacia los demás para escucharnos a nosotros mismos.

 

En estos momentos, esto está incentivado por la Energía entrante, que nos pide reconectarnos con nuestro Ser y liberarnos de los condicionamientos que hemos adquirido de la familia y la sociedad.  Solo encontraremos la paz, la satisfacción y el reconocimiento que tanto anhelamos siendo lo que somos y haciendo desde ese núcleo interior que sabe lo que verdaderamente necesitamos.  Abraza esta Soledad sagrada y vive tu diseño divino.

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