
En este mundo globalizado, desde hace tiempo, los ídolos o ideales o prototipos son los artistas, los deportistas, los megamillonarios, aquellos que tienen popularidad, riqueza, algún talento, algún carisma o, directamente, solo los que están en el momento correcto, en el lugar correcto, viviendo sus 15 minutos de fama.
Seamos conscientes o no, todos nos dejamos llevar por estos modelos sociales y los queremos emular, aun en nuestra pequeña escala. Lo interesante es lo que ha permanecido oculto bajo la brillante superficie, bajo el glitter: el enorme precio que ello tiene. Desde adicciones (alcohol, drogas, pastillas), hasta enfermedades (mentales, físicas, leves o inhabilitantes), pasando por disimular traumas terribles bajo la sonrisa perenne o trabajar incansablemente todos los días o estar generando algo todo el tiempo para no ser olvidado por el nuevo fenómeno.
Esta carrera insomne se ha llevado la vida de unos cuantos o ha hecho muy infeliz a otros. No vemos o no queremos ver las consecuencias de tamaña tontería, porque tampoco deseamos bajarnos de esa idealización que tanto satisface (momentáneamente) al ego. A la larga, nada lo llena y es necesario comprender este mecanismo y buscar propósitos y caminos que nos vinculen al Ser.
Cada vez más, estos ídolos están blanqueando las consecuencias de esa máquina implacable que los traga y los escupe. Así como los oímos cuando muestran lo glamoroso, también escuchémoslos cuando nos advierten de lo negativo. Nuestra vida no es solo nacer, consumir y morir: somos seres humanos transitando una experiencia sagrada.




